Por Fernando J. Palacios
Madrid, 24 de mayo de 2026

I
Provengo de una extraña estirpe relacionada con el mar y con la literatura. Mi abuelo fue el narrador de la segunda parte de Der Schimmelreiter ("El jinete del caballo blanco") de Theodor Storm. El autor no quiso delatar su nombre entre las páginas de la novela, pero yo lo sé porque se llamaba como yo: Bastian Herbst.
El primer Bastian Herbst vivió obsesionado con un imposible: la idea de haber visto a un jinete cruzar un dique sobre el mar, en un enorme corcel blanco, atravesando una feroz tormenta. Una visión hermosa e imposible que se le quedó grabada en la memoria. Me contó la historia infinidad de veces; siempre a solas porque los demás lo tomaban por loco. Narraba con precisión minuciosa, añadiendo nuevos matices, como si en el fondo de sus ojos habitase aún el resplandor de aquel espectro o el rescoldo de su propia ensoñación.
El cielo negro de octubre, la violencia de la tempestad del Mar del Norte, la cegadora blancura de un caballo que cruza el dique en completo silencio; el sombrero de ala ancha ocultando un rostro desdibujado; la figura negra del jinete, enjuta, envuelta en una capa larga que ondeaba al viento, cimbreándose; los estribos y los antepiés moldeando un galope irracional, y, sin embargo, posible.
Mi pobre padre, un revisor de billetes en los tranvías en Viena, nunca supo que Theodor Storm escribió una obra maestra de la literatura en la que aparecía el suyo. No le interesaban la literatura, ni las historias que contaba mi abuelo, en las que él y yo encontramos el amparo de una conversación infinita y circular. Imagínense mi impresión cuando leí la obra de Theodor Storm, unos días después de la muerte de mi abuelo. Aquel pequeño libro leído miles de veces por él fue la única herencia que me dejó.
«Este es nuestro secreto, Bastian, yo vi al jinete del caballo blanco. Soy el viajero de este libro», rezaba la dedicatoria. Quizás por eso me hice bibliotecario: la lectura me devolvía la conversación con el Bastian Herbst original y la presencia de los libros el brillo de sus ojos; quizás, por ello, me han mandado a un rincón perdido del Mar del Norte a que me haga cargo de la biblioteca de un faro. He traído mis cuadernos azules, cinco tinteros y la Graf von Faber Castell Classic Anello. Espero que me duren mucho tiempo en esta isla.
El faro de R.K. dejó de funcionar sepultado por la arena de una duna que se desplaza, como la Nada de Michael Ende. Aquí daré a luz a mis memorias para atraer a buen puerto a los lectores perdidos en la tormenta, o a quienes estén a punto del naufragio sumidos en la desesperanza de haber perdido la belleza. En busca de un pequeño trozo de tierra firme antes de proseguir su singladura.
Dicen que la luz de este faro se llegaba a ver desde una distancia de cuarenta kilómetros; yo sé que hay corazones más profundos todavía. Puede que, si seguimos leyendo y escribiendo juntos, veamos algún día al jinete del caballo blanco.
Bastian Herbst
"El jinete del caballo blanco" de Theodor Storm (Amazon)

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