Por Fernando J. Palacios
Madrid, 7 de junio de 2026

II
Me instalé en una pequeña casa cercana al faro de R.K. hace pocos días. Me han dicho que perteneció a unos pescadores, un tal Kino y un tal Santiago. Es humilde y robusta, como las manos de los que trabajan en la mar. Cuenta con todo lo necesario para sobrevivir: una cama, una mesa, una cocina de leña, agua y luz corriente. Lo que más me gusta de ella es que la cerradura de la puerta se encuentra en el medio, hay que tomarla del pomo para abrirla, como quien da una mano amiga.
En las últimas noches la luna ha tendido su puente de plata sobre las aguas, como un marcapáginas en los muslos de una mujer. Algún día contaré en estas memorias mi única historia de amor y todas las demás. Mi trabajo aquí es sencillo, pero requiere de cierta minuciosidad. Debo convertir el faro en una biblioteca y, para ello, me han hecho llegar cientos de cajas de madera llenas de libros, con expurgos de todas las literaturas, donadas quién sabe por quién.
Hay tantas cajas que prefiero no hacer el cálculo de cuánto me llevará poner en pie esta biblioteca. Dispongo del tiempo que necesite, al menos, eso me ha asegurado el señor Acevedo; en realidad él no, a pesar de que sea el encargado del proyecto, sino la señorita Lange. Ella es la encargada de ponerse en contacto conmigo cada dos semanas, hacerme llegar las provisiones y supervisar mis avances; ya me ha confesado sus gustos y no están nada mal.
Le pedí tres nombres por los que empezar y me dijo que era imposible darme sólo tres. ¿Qué clase de pregunta era aquélla? ¿Se puede reducir a tres respiraciones la vida? Si te estás ahogando bajo las aguas, bastaría con una más.
— Es la pregunta de un bibliotecario frente al mar —. Le respondí.
Luego le insistí amablemente, mientras jugaba con un pie a embocar una piedra en un hueco en el suelo y miraba en sentido contrario a sus ojos. Después de un rato dijo: Homero ("blind as bat", pensé yo, recordando los versos de Ezra Pound), Arthur Conan Doyle (pensé en el final de «Estudio en Escarlata» y la jeringuilla de Sherlock Holmes) y Yasunari Kawabata (y temí por las posibles ideaciones suicidas de la señorita Lange).
Mi abuelo siempre decía que durante la tormenta, acercarse a tierra es lo más peligroso; sucede lo mismo al conocer a una mujer. Le agradecí la respuesta y comprendí por qué el señor Acevedo había escogido a la señorita Lange como encargada para supervisar el proyecto de la biblioteca del faro. No respondió con sinceridad, mas sí con honestidad; no eran sus libros favoritos, aquella mujer olía amaderada, quiero decir que desprendía un perfume de Austen, de Woolf, de Thomas Mann, de Fitzgerald y de Toni Morrison a escondidas, con ligeros toques de Pasternak. Algún día me confesará, pensé, que le hubiera gustado llamarse Lara.
No se giró ni una sola vez cuando regresó a su barco de vuelta al continente y ese gesto de la señorita Lange, ese dar la espalda al perderse en el interior del horizonte con tanta clase, dijo mucho más de ella que cualquiera de sus lecturas; de las reales y de las tres que improvisó para salir del paso ante un bibliotecario frente al mar.
Bastian Herbst
"Stormy Sea with Lighthouse" (ca. 1826) - Carl Blechen (Wikimedia Commons)

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