Por Juan Lázaro
Madrid, 14 de junio de 2026

«El bufón Stańczyk en un baile en la corte de la Reina Bona tras la pérdida de Smolensk» (1862) - Jan Matejko (Historia del Arte)*
«Los que me quieren oír de mí las nuevas, las saben,
y quien no las quiere saber,
yo se las digo; y si vos habéis muerto a diez,
yo mato a ciento con esta lengua que Dios me dio»
Francés de Zúñiga (c.1480 - 1532)
La historia de la literatura española, como cualquier otra, rebosa de enigmas sin resolver. Los interrogantes perviven como nieves perpetuas, y el paso del tiempo no contribuye al deshielo. ¿Quién editó y distribuyó en 1983 los 250 primeros ejemplares de los «Sonetos del amor oscuro» de García Lorca? ¿Existió un poeta renacentista llamado Francisco de la Torre o se trataba de un seudónimo? (Y eso que su poesía es clara y despejada). «El condenado por desconfiado» (1635) — o de cómo el recelo y la sospecha pueden constituirse en vicio destructivo —, ¿se debe realmente a la pluma de Tirso de Molina?
Claro que metidos en las arcanas harinas de las autorías, los dos misterios más formidables tienen que ver con los posibles autores de «El cantar de Mio Cid» (c.1200) y del «Lazarillo de Tormes» (1554). En este último caso, por no haber, ni acuerdo hay sobre el origen de la palabra ‘pícaro’. ¡Cuánta literatura ha producido tanto interrogante literario!
Podríamos seguir mencionando casos aún no descubiertos. Por cortar por algún sitio, dejamos aquí para el final uno de los más curiosos, quizá no tanto literario como histórico o biográfico, y que podría tildarse de divertido o entretenido si no fuera porque se refiere a un asesinato.
Quien ordenó matar a don Francés de Zúñiga, bufón de la corte, ¿aparece citado en su «Crónica burlesca del Emperador Carlos V» (1501-1600)?
Retrato de «El emperador Carlos V» (1605) - Juan Pantoja de la Cruz (Museo Nacional del Prado)
Francesillo, que así se le llamaba también, fue mucho más que una figura de entretenimiento. Al servicio del Duque de Béjar, visitó con frecuencia la corte junto a él, hasta que pasó a servir al propio Carlos V, para el que se empleó como mensajero, espía, informador, confidente… Comenzó la redacción de la Crónica al poco de entrar. Era un bufón jugando a historiar, o más bien ejerciendo de viperino gacetillero al hacer la crónica mundana de la crème de la crème que rodeaba al emperador —Francisco Umbral lo tenía por el santo patrón maldito de los periodistas españoles—. La repercusión de este retrato burlesco de la corte y de los que formaban parte de ella fue inmediata, y si su divulgación le dio buena fama, también le acarreó los primeros disgustos. Temiendo por su integridad física, tuvo que refugiarse durante un tiempo en su Béjar natal, al menos hasta que pasara el revuelo. A su vuelta a la corte, reanudó la Crónica.
En la Crónica de don Francés de Zúñiga, escrita con un tono irreverente y burlesco, se chafan reputaciones de todo bicho cortesano viviente. Hay que estar muy ciego de soberbia y vanidad para no ver que tamaño desagravio, por muy revestido de socarronería y comicidad que estuviera, por muy loco fingido o loco por oficio se hiciera pasar, que eso era un bufón, no le acarrearía consecuencias al autor.
Extracto original de la «Crónica burlesca del Emperador Carlos V» de don Francés de Zúñiga (Biblioteca Cervantes)
Burla burlando, quizá el bufón no supo medir fuerzas; es lo que pasa cuando la humorada se desata y no se da con el freno a tiempo. Los muchos y muy poderosos enemigos de Francesillo se reprodujeron a causa de su lengua mordaz, y esa estrecha relación con el monarca despertó odios desmesurados en la corte. Nadie se atrevía a decir las verdades con tanta gracia y desparpajo. Eran muchos los posibles ofendidos y agraviados; además, se había tomado demasiadas confianzas. Al final, sus continuadas insolencias y la presión de la nobleza dieron de nuevo con don Francés en Béjar, donde se refugió tras ser expulsado de la corte, ahora bajo la protección de Doña María, viuda del mencionado duque; pero ni eso ni su nuevo cargo de alguacil mayor de la villa pudieron evitar que fuera apuñalado una noche a la salida de una taberna.
Fue un asalto con saña y alevosía, pues recibió casi tantas cuchilladas como en un drama de Shakespeare: en cabeza, brazos y manos, y una estocada en el costado izquierdo bajo las costillas. Guasón empedernido, no perdió el humor ni en tan sangriento momento, pues al llevarlo aún con vida hasta su casa y preguntarle su mujer qué le pasaba, él le respondió: «No es nada, señora, sino que han muerto a vuestro marido». Tres días le duró la vida.
«El bufón. Danza macabra» (1839) - Hieronymus Hess
Litografía (Salamanca Hoy)
¿Quién fue entonces el que decidió acabar con él? Caben especulaciones de diferente pelaje. La más básica es que, siendo alguacil mayor, puede que se viera obligado a intervenir en alguna pendencia. Otra posibilidad muy elemental tendría que ver con el dinero, que suele ser un indicio descollante a la hora de determinar a quién le aprovecha un crimen. Don Francés había conseguido reunir un buen puñado de bienes en su tierra, así que quizá tuvieran que ver los contenciosos que tenía con algunos vecinos de la villa o alrededores por cuestiones de lindes. Y la otra, la que la historia se esfuerza en mantener como la más probable, es que la mayor parte de los rumores que circularon por Castilla tras su muerte apuntaban a algún noble o señor de la corte, probablemente un Grande de España.
Y, bueno, por qué no, hasta el mismísimo emperador; al fin y al cabo, don Francés había gozado de su privanza y conocía todos sus secretos y debilidades, y podía ser desaconsejable dejarlo suelto y volandero. Lo cierto es que la Crónica está repleta de candidatos, y es larga la lista de ofendidos y agraviados por la lengua desatada de don Francés. Sería un suceso histórico-literario extraordinario que figurase en esas páginas el nombre de su homicida.
«Der Schalksnarr» o "El bufón" - Jost Amman (1568)
Grabado sobre madera (Wikimedia Commons)
*No se tiene constancia alguna de retrato o imagen de don Francés de Zúñiga que haya llegado hasta nuestros días. De ahí la licencia creativa, por parte de nuestro editor, de asociarlo a otras creaciones artísticas vinculadas a la figura del bufón en Europa (N. del E.).

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