Por Ion Vázquez
Azkoitia, 25 de junio de 2026

Werther y su inalcanzable amada, Lotte (Letralia)
Hace poco leí «Las penas del joven Werther» (1774), una de las obras cumbre del escritor y filósofo naturalista alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749 -1832), uno de esos libros cuya fama acaba convirtiéndose en una forma de ruido. Escuchamos hablar tanto de ellos que terminamos creyendo que ya los conocemos. Sabemos quién los escribió, sabemos qué lugar ocupan en la historia de la literatura, conocemos incluso las anécdotas que los rodean. Sabemos que hubo jóvenes que vistieron como Werther, que imitaron sus gestos, que algunos llegaron a reproducir su final. Sabemos que Goethe se convirtió en una celebridad europea de la noche a la mañana. Sabemos todo eso y, sin embargo, ignoramos la experiencia de leer el libro.
Durante mucho tiempo pensé que Werther era una novela sobre el amor. O más exactamente, sobre el amor imposible. Imaginaba una historia de pasión romántica, sufrimiento y tragedia; una de esas obras fundacionales que terminan convertidas en arquetipo hasta el punto de que su argumento parece haberse confundido con la propia idea de romanticismo. Y, sin embargo, al terminarla tuve la sensación de que Goethe estaba hablando de algo distinto, o quizá de algo anterior al amor. Porque lo que me acompañó durante días después de cerrar el libro no fue tanto la historia de Werther y Lotte como una pregunta mucho más incómoda: hasta qué punto vemos realmente el mundo y hasta qué punto vemos nuestras emociones proyectadas sobre él.
La novela adopta la forma de una correspondencia. Werther escribe cartas a su amigo Wilhelm y a través de ellas asistimos no tanto a una sucesión de acontecimientos como al despliegue de una conciencia. Todo nos llega filtrado por una sensibilidad extraordinariamente intensa. Los paisajes, las conversaciones, los silencios, las personas; todo aparece atravesado por el estado emocional de quien lo observa. La naturaleza ocupa un lugar central desde las primeras páginas. Werther abandona la ciudad y se instala en una región campestre donde descubre una felicidad que parece surgir de las cosas más sencillas: los caminos, los árboles, los campesinos trabajando, la luz sobre los campos. Pero pronto comprendemos que aquello que admira no son exactamente los objetos que contempla. Lo que admira es el reflejo de sí mismo en ellos.
Grabado del joven Werther, por el ilustrador y caricaturista francés Tony Johannot (Gaceta 22)
Hay algo especialmente revelador en la forma en que Werther contempla la naturaleza. A menudo se ha leído la novela como una celebración romántica del paisaje, pero mientras avanzaba por sus páginas tenía la sensación de que Goethe estaba haciendo algo más ambiguo. Los árboles, los caminos, los atardeceres, los arroyos que tanto fascinan a Werther parecen poseer una intensidad casi sagrada, pero esa intensidad no procede necesariamente de ellos. Procede de quien los mira. La naturaleza aparece constantemente convertida en espejo. Cuando Werther es feliz, el campo parece irradiar una plenitud casi sobrenatural, cuando el sufrimiento comienza a abrirse paso, esos mismos lugares adquieren una gravedad distinta, como si el paisaje hubiera envejecido junto a él. Al final uno termina preguntándose si Goethe no estaba sugiriendo algo profundamente incómodo, que quizá nunca vemos las cosas tal como son, ni siquiera cuando creemos estar contemplando la naturaleza más pura, sino que las vemos atravesadas por aquello que llevamos dentro. No existe un paisaje inocente para quien observa. Toda mirada lleva consigo una atmósfera.
Y quizá ahí se encuentre una de las intuiciones más perturbadoras de la novela. Nos gusta pensar que observamos la realidad con cierta objetividad y creemos que nuestras emociones son respuestas a lo que ocurre; pero a menudo sucede exactamente lo contrario, ya que son nuestras emociones las que determinan lo que vemos. Hay mañanas en las que algo nos parece hermoso y otras en las que lo mismo resulta insoportable. Hay canciones que detestamos porque un recuerdo las ensombrece. Hay ciudades que amamos únicamente porque en ellas fuimos felices. Hay personas que nos parecen fascinantes no por lo que son, sino por el momento en que las conocimos. La realidad no cambia, pero cambia el cristal a través del cual la contemplamos.
Werther vive instalado en ese mecanismo.
Mientras leía esas páginas pensaba que quizá todos vivimos mucho más cerca de Werther de lo que nos gustaría admitir. Porque no hace falta enamorarse perdidamente para deformar la realidad. Basta una pérdida. Basta una espera. Basta una decepción cualquiera.
Ilustración de 'Las penas del joven Werther' por Jean Michel Moreau (MeisterDrucke)
Hay lugares a los que regresamos años después y descubrimos que no se parecen en nada a los que recordábamos. La tentación es pensar que el lugar ha cambiado, pero a menudo somos nosotros quienes hemos llegado distintos. Una misma calle puede parecernos hospitalaria o hostil según el momento en que la atravesemos. Una conversación puede perseguirnos durante meses no por lo que se dijo, sino por lo que creemos que se quiso decir. Incluso los recuerdos, que solemos considerar el territorio más firme de nuestra identidad, se comportan de manera sospechosa. Vuelven coloreados por emociones posteriores, contaminados por acontecimientos que todavía no habían ocurrido cuando sucedieron. Hay despedidas que sólo se vuelven importantes años después. Hay veranos que en su momento parecieron triviales y terminan convirtiéndose en refugios. Hay personas a las que apenas prestamos atención y que un día, por razones que desconocemos, adquieren una presencia desmesurada en nuestra memoria.
Siempre he defendido que no recordamos los hechos sino la interpretación que hemos hecho de ellos. Aquello que llamamos pasado es, en gran medida, una narración continuamente corregida por nuestro presente. Quizá por eso ciertas heridas parecen no cerrarse nunca, porque seguimos regresando a ellas para encontrar explicaciones nuevas. Y quizá por eso también algunas felicidades sobreviven durante tanto tiempo; no porque fueran extraordinarias, sino porque seguimos iluminándolas desde lejos.
Werther lleva este mecanismo hasta el extremo, pero el mecanismo es reconocible. Lo inquietante de la novela no es que nos muestre una sensibilidad excepcional. Lo inquietante es descubrir que la diferencia entre Werther y nosotros es, en gran parte, una diferencia de grado y no de naturaleza.
Por eso Charlotte resulta tan fascinante como problemática. Desde su primera aparición queda envuelta en una luz casi sagrada. Werther la conoce durante una fiesta y queda cautivado inmediatamente por ella, pero la escena que verdaderamente lo marca ocurre poco después, cuando la observa cuidando de sus hermanos menores tras la muerte de su madre. Es una imagen sencilla y, sin embargo, basta para que la imaginación comience su trabajo. A partir de ese momento Lotte deja de ser una mujer concreta y empieza a convertirse en una idea. En una síntesis de todas las virtudes que Werther admira. Bella, bondadosa, espontánea, maternal, inteligente. Goethe parece comprender algo que después recorrerá buena parte de la literatura moderna: que el amor rara vez consiste en ver con claridad; a menudo consiste precisamente en lo contrario.
Porque amar es interpretar y toda interpretación contiene una parte de invención.
Continuará...
Extracto del cuadro «Romeo y Julieta» (1884) de Sir Francis Dicksee (Historia del Arte)

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