Por José Luis Manzano B.
Lloret de Mar, 15 de julio de 2026

«Supongo que cuando una se muere se convierte en protagonista. Imagino que hoy no os queda más remedio que atenderme, hijos míos, con la urna de mis cenizas cerca de la butaca donde me dejé las cervicales haciendo ganchillo para unos nietos que nunca tuve. Os confieso que me hubiera gustado tener alguno, para qué nos vamos a engañar...
Solo espero que os hayáis juntado los tres. ¿Os parece bonito ser hermanos y apenas veros? A ver si aprovecháis la tristeza que os debe invadir para limar asperezas. En fin, que me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Entiendo que vuestro interés se centra en la herencia. Pero antes, permitidme que os pida perdón por las cosas que he hecho mal y de las que me arrepiento. Ojalá las madres solteras —y los padres en general— dispusiéramos de manual de instrucciones en la crianza de hijos.
A ti, Héctor, te pido perdón por haberte hecho creer que el mundo iba a tratarte con paciencia infinita. En mi afán por protegerte, acudía rauda siempre que te caías. Flaco favor te hice, pues ahora no hay forma de levantarte del suelo.
A ti, Cova, te pido perdón por no haber estado en ninguna de las inauguraciones de tus centros de estética. Sé que era muy importante para ti. No entendí del todo bien que yo formaba parte de tus éxitos también.
A ti, Ramón, te pido perdón por no haberme necesitado. Nunca me pediste ni dinero, ni consejos, ni un abrazo siquiera. En cierto modo, atesoras la fortaleza de la que tu hermano carece.
De igual modo, necesito desahogarme para quedarme con la conciencia tranquila. Y esto vale para los tres. Podéis tomároslo como un reproche; es lo que es. A estas alturas, tenéis que entender que un revoltijo de cariños y enfados anida en mi interior.
¿Por qué no me habéis hecho una miserable visita a la residencia? Eso sí que es para morirse, pero del asco y la vergüenza. Una espera de los hijos otro comportamiento. Sinceramente, yo no os eduqué para esto.
Yo no me merecía esto».
La lectura de la carta a cargo de Yolanda, la auxiliar de geriatría, desde la que era la habitación de Adelina, zahiere a los tres hijos, pero de distinta manera, en distinto grado: Ramón arremete a puntapiés contra la butaca orejera. Cova contempla absorta la cesta de mimbre con agujas y dedal, que se balancea. Héctor, a lágrima viva y moqueando, se reclina al borde de la cama articulada con barandillas metálicas. Sobre la colcha, reposan las cenizas de Adelina en una urna de color salmón. La incineración se produjo hace quince días.
Tal disposición cumple el expreso deseo de la difunta, según ha informado asépticamente el notario, desde un taburete junto a la mesita de noche. Yolanda sigue con el codo apoyado en el asa del carro de aseo, varado en el umbral y taponando la salida.
Ha leído la carta de un tirón, con insospechada seguridad, arrancando el réquiem administrativo con la misma naturalidad con que solía besar a Adelina en la frente cada mañana. No en vano es quien más se ha ocupado de ella en ocho años de residencia, razón por la cual le encomendó esa tarea.
Dobla con pulcritud la carta y la introduce en el sobre original, que guarda en el bolsillo de su uniforme. El notario, poseedor de una copia certificada en el expediente, asiente discretamente.
— ¡Patético sentimentalismo de garrafón! — exclama Ramón de repente —. ¡Y encima para quejarse de nosotros! ¡Hay que joderse! ¡Seguro que se pasaba las noches viendo telenovelas!
— Mamá puede echar sapos y culebras de nosotros, si quiere — dice Cova —. Nos ha parido, joder. Y lo cierto es que la hemos fallado cuando más nos necesitaba.
— Le habrás fallado tú — se enfurece Ramón, con un dedo acusatorio en la clavícula de Cova.
— Al menos yo la llamaba de higos a brevas para saber qué tal iba y escuchar su voz. — Basta un resoplido para quitarse de encima la zarpa —. ¿Puedes tú decir lo mismo?
— No. Es más, me he enterado de su número de habitación con esta zapatiesta — confiesa Ramón torciendo el gesto.
De la llorera, Héctor no consigue articular palabra. Ni falta que hace: Ramón y Cova lo ningunean.
— Qué ocurrencias tenía mamá… — logra gimotear al fin —. Mira que traerse los bártulos de casa para hacer ganchillo aquí... No podía quedarse quieta. Era un torbellino.
— En algo tendría que entretenerse la buena mujer — dice Cova, cuyos ojos llenos de resquemor siguen a Ramón. Este abandona la butaca y se ubica frente a la ventana, de espaldas a todos.
— Aparte del ganchillo, se entretenía haciendo sudokus y jugando al ajedrez — aclara Yolanda, con una mezcla de alegría y ternura —. Y qué risa cuando venían monitores para dar clases de baile: cumbia, bachata, merengue… Ella se apuntaba a un bombardeo. Lo que fuera. Hasta perreaba reguetón. No os digo más.
Sopesando el silencio posterior, Yolanda interpreta que el comentario ha sentado mal y se recoge sobre sí misma.
Retrepado en el asiento, el notario encara el responso burocrático blandiendo el expediente.
— Lamento importunarlos — carraspea —, pero he de proceder a la lectura del testamento, que se está demorando. Lo de la carta y el hecho de celebrarlo aquí son concesiones que le prometí; aunque, bien mirado, quizás hubiera sido más prudente hacerlo en la más estricta intimidad, para no destapar la caja de los truenos...
El notario empieza por ciertos bienes tangibles que guardaban más valor sentimental que real para la difunta: cristalerías y vajillas del año de Maricastaño para Cova; la colección de relojes de cuco — antiguallas con el baño de níquel despellejado — para Ramón, y un vehículo de segunda mano para Héctor, es de suponer, para ver si espabila y se saca el carnet.
Ramón se da la vuelta. Un endurecimiento en los hombros denota que lo material, quizás su último asidero, le reconcome. Dirigiéndose al notario, tercia ávidamente:
— Perdone, pero céntrese en el inmueble y el dinero contante y sonante; no en migajas.
— Por supuesto. — Alinea los papeles, a un palmo de sus ojos —. Respecto al inmueble de la calle Colgajos, acompañado del mobiliario y los enseres no citados con anterioridad, se lega íntegramente a doña Yolanda J.
Las caras de pasmo no tardan en florecer. Cada cual más turbada que la anterior. Ramón hace ademán de dar un puñetazo contra la ventana; Cova, aferrada a la butaca, pellizca lo mullido del tapizado; Héctor, hundido en el borde de la cama, agrava su llanto; en su cabeza martillea: «Desheredado. Por tu mala cabeza y peor corazón. Basta de pueriles excusas».
Entretanto, como muestra de gratitud, Yolanda hace una reverencia a la urna y se plancha el uniforme con la mano.
— ¿La auxiliar? — pregunta Ramón, incrédulo —. ¿La que se acaba de recrear leyéndonos la carta de mamá, que vete tú a saber si es de su puño y letra? ¡Si se le ve encantada de airear nuestros trapos sucios!
— Se llama Yolanda — lo ataja Cova, incómoda —. Y me da en la nariz que se ha hecho más que merecedora…
— ¿Mi casa? ¿Y yo dónde voy a vivir a partir de ahora? ¿Me quedo a la intemperie? Héctor, presa del bochorno, busca acomodo en sus hermanos, que lo reprueban con la mirada.
— Podemos impugnarlo — declara Ramón —. Alegar por ejemplo estado cognitivo alterado. Está más claro que el agua que chocheaba. ¿Perreando a su edad? Pero por favor. No tiene un pase.
— ¿Y dónde están los informes que lo acreditan? — cuestiona el notario, circunspecto —. Esa vía no tiene ningún recorrido legal. Su madre firmó el testamento hace cuatro meses, en pleno uso de sus facultades. Doy fe.
— ¡En pleno uso de su demencia senil! —chilla Ramón, que ha recibido el testamento como un aldabonazo en plena frente.
El notario barre con la mirada a los tres hermanos y chasquea la lengua.
— Reclamen, si lo creen oportuno. Pero les advierto que tienen las de perder, y será un proceso largo y tedioso que les costará un ojo de la cara.
Segundos después, con movimientos sutiles, quizá queriendo pasar inadvertida, Yolanda se aproxima a la butaca y, al rozar el codo de Cova, la obsequia con una sonrisa cálida.
— Gracias...
— ¿Por?
— Por cuidarla con tanto empeño y dedicación. Se ve que mi madre y tú enhebrasteis una franca y sincera amistad.
— Adelina era un sol. Se dejaba querer.
Yolanda termina coronando su carro de aseo con la cesta de mimbre, que posa directamente sobre la montaña de pañales. Se le escapa una lagrimilla que se seca al instante antes de decir:
— Me estaba enseñando a hacer ganchillo, cuando podíamos. Vuestra madre era toda una maestra de la costura, ¿eh?
Mientras Héctor cabecea despacio, Ramón se encoge vagamente de hombros mascullando por qué demonios desconoce esa faceta de Adelina. Una punzada de arrepentimiento, en cambio, descompone a Cova.
Tras ese paréntesis en su turno — quince minutos que su encargada le ha concedido a regañadientes —, Yolanda sale empujando el carro de aseo. Deja apenas un resquicio en la puerta, quizás una válvula de escape para tanto encono.
Le espera otra habitación, donde un sexagenario apila libros sin ton ni son. La residencia conserva un ramillete de puertas clonadas, ventanas muertas y sillas de ruedas que a veces nadie empuja.
Los sucesivos aullidos implosionan en la anterior habitación, donde se condensa el infierno crematístico, yermo.

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