Por Rebeca Hernández
Salamanca, 28 de agosto de 2026

Instantánea del "Padrão dos Descobrimentos" o 'Monumento a los Descubrimientos' por el fotógrafo portugués Alfredo Cunha (PARSE Journal)
Un domingo del verano de 1975, el reportero gráfico portugués Alfredo Cunha se encontró, mientras paseaba por el barrio lisboeta de Belém, con lo que él calificaría tiempo después como “el momento perfecto”. De Cunha es necesario decir que tiene el don de capturar ese tipo de momentos. De hecho, algunas de las fotografías más emblemáticas de la Revolución de los Claveles que dio fin a la dictadura portuguesa de Salazar y Caetano, y que surgen en nuestra memoria colectiva cuando pensamos en el 25 de abril de 1974, fueron captadas por él. En esta ocasión, Cunha tenía consciencia plena de que la imagen que se disponía a tomar iba mucho más allá de la fijación de un determinado momento; el fotoperiodista sabía que aquello que tenía ante sus ojos, y que iba a inmortalizar con su máquina, acabaría por convertirse en un símbolo para todo el país.
Reparemos con un cierto detenimiento en la imagen que se nos presenta. Todo aquel que esté familiarizado con la ciudad de Lisboa, reconocerá que lo que en ella aparece es el Monumento a los Descubrimientos (1960) rodeado de grandes contenedores de madera. Estos dos elementos son los que configuran ese momento perfecto del que habla Cunha, ya que fija una imagen que representa las dos realidades del Estado luso en ese momento: el principio y el final del imperio portugués, representadas por, en palabras del fotógrafo, “los que parten y los que llegan”.
Los que parten son las 33 figuras que se sitúan a ambos lados del gran monumento de cemento y piedra erigido a petición del régimen del Estado Novo en el año 1960, en pleno transcurso de la dictadura salazarista. Esta construcción sería edificada como una gran carabela de piedra por motivo del quinto centenario de la muerte de Don Enrique el Navegante, uno de los primeros exploradores en dar inicio a la Era de los Descubrimientos en Portugal. Es él quien capitanea esta nave alegórica en la que también se encuentran otras ilustres figuras de la historia portuguesa como Fernando de Magallanes, Vasco de Gama, San Francisco Javier o el poeta Luis de Camões, entre otros descubridores, reyes y navegantes, cuya importancia sería decisiva en la creación, primero imaginada y luego material, de la expansión portuguesa.
Efigie del político y explorador Enrique de Portugal, también conocido como Enrique el Navegante (1394 - 1460), en la fortaleza de Sagres, en Portugal (Cadena SER)
Por otro lado, los que llegan están simbolizados por los grandes contenedores que por su extensión y volumen parecen querer atrincherar el monumento, dialogar con él, pedirle cuentas. No era la primera vez que Cunha se encontraba con esas cajas inmensas, ya las había visto una semana antes en Maputo, la capital de Mozambique, que acababa de proclamar su independencia de Portugal el 25 de junio de 1975.
En el periodo de más de un año que transcurrió entre la Revolución de los Claveles y la proclamación de la República Popular de Mozambique (1975 - 1990), se desarrolló un complejo proceso de descolonización que comportó una salida masiva de los colonos portugueses que habían vivido allí ante la llegada de un nuevo gobierno, de un nuevo tiempo, de una nueva realidad. Este movimiento migratorio que se dio en las hasta entonces provincias ultramarinas de Portugal, pero sobre todo en Mozambique y Angola, se denominó retorno. Así, entre 1975 y 1976, cerca de 500.000 personas dejaron atrás su vida ante las independencias de los territorios que hasta entonces habían sido su casa, con el fin de trasladarse al nuevo Portugal democrático, pasando a ser conocidos bajo el nombre de retornados.
Cajas con equipajes de retornados portugueses depositados en el puerto de Luanda, Angola (Observador)
Los enormes contenedores se extienden horizontales y verticales junto al Monumento a los Descubrimientos de Lisboa. Sobre uno de ellos se puede leer la frase “Desalojados Lisboa”, en otro se intuye el nombre propio Luis y la palabra voo (vuelo) más un número identificador. Esas cajas contenían cientos, miles de vidas, con todas aquellas posesiones susceptibles de ser trasladadas al otro lado del mundo desde África.
Durante el retorno, llegaron a transportarse por mar y aire trescientos mil metros cúbicos de equipaje: ropa, calzado, libros, papeles, juguetes, objetos útiles, muebles grandes y pequeños, elementos decorativos, vajillas, cuberterías, radios, pintalabios, joyas, frascos de perfume... Toda existencia humana tiene, como si se tratase de su sombra, su propia extensión material que la acompaña y que se manifiesta a través de las pertenencias, de los bienes que acaban por ser parte intrínseca de la propia identidad. Muchos de los retornados no contaban con una casa donde comenzar de nuevo y, para ellos, el gobierno portugués dispuso hoteles y pensiones donde poder alojarse. Los que aún tenían familia residiendo en Portugal, pudieron ser acogidos o ayudados por ellas.
En la fotografía, las treinta y tres figuras talladas en caliza siguen mirando hacia el océano Atlántico, desafiantes y seguros, sin reparar que bajo ellas reposa el final de una expedición que se prolongó durante cinco siglos y que en ese momento, traducida en un éxodo masivo de personas, acababa, por fin, de completarse.
Enseres de refugiados portugueses procedentes de Angola y Mozambique, noviembre de 1975 (El País)

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