Por Ion Vázquez
Azkoitia, 5 de septiembre de 2026

"Perspectiva de la contemplación de los cerezos en el templo Tōeizan" (finales del s. XVIII - comienzos del s. XIX), por el maestro japonés Chōki (Hara Shobo)
Para leer la primera parte de este artículo: "Cuando la música no nos pertenece" (I)
Canción recomendada para esta lectura: Sakura ("Cherry Blossoms")
Las gotas comenzaron a caer.
No sabría describir exactamente el sonido. Decir que se parecía al de un koto sería aceptar sin más la explicación del cartel, pero enseguida tuve la impresión de que ocurría justamente lo contrario. Aquellas notas no parecían imitar un instrumento. Eran demasiado antiguas para eso. Había en su ritmo una naturalidad imposible de componer, una música que no parecía ejecutada por nadie y que, precisamente por ello, poseía una perfección extraña, ajena a toda voluntad. Durante unos segundos desapareció esa necesidad tan humana de interpretar lo que sucede. Simplemente escuché.
Y entonces el sonido terminó.
Quise repetir inmediatamente el gesto. Volví a llenar el cucharón. Dejé caer el agua con el mismo cuidado, desde la misma altura, buscando reproducir exactamente lo que acababa de ocurrir.
Pero ya no fue igual.
El agua descendía del mismo modo. Las cañas eran las mismas. El aire permanecía inmóvil. Sin embargo, algo había desaparecido. Comprendí entonces que nunca había sido el sonido lo extraordinario. Lo extraordinario había sido ignorarlo todo unos segundos antes de que apareciera. La primera escucha contenía todavía la incertidumbre. La segunda estaba ocupada por la memoria de la primera. Ya no escuchaba; reconocía. Y reconocer, pensé entonces, quizá sea una forma mucho más discreta de dejar de ver.
Interior del templo de Eikan-dō (Tourist in Japan)
Con frecuencia creemos que el conocimiento nos aproxima a las cosas. Aprendemos sus nombres, su historia, su funcionamiento, convencidos de que comprender equivale a poseer. Pero existen experiencias cuya belleza depende exactamente de lo contrario. Hay una forma de desconocimiento que no empobrece la realidad, sino que la mantiene abierta. La infancia posee algo de eso. También los primeros viajes. También ciertos amores. No sabemos todavía qué estamos viendo y precisamente por eso la experiencia conserva intacta su capacidad de asombro. Después llegan las palabras, las categorías, los recuerdos; poco a poco dejamos de encontrarnos con el mundo para empezar a encontrarnos con aquello que ya sabemos de él.
Mientras permanecía allí, con el cucharón todavía entre las manos, volví a leer el cartel. «El sonido recordará al de un koto». Me sorprendió descubrir que ya no estaba de acuerdo con aquella frase. Siempre había pensado que los instrumentos musicales imitaban la voz humana. Allí comprendí que quizá la música había nacido mucho antes que nosotros. El koto no enseñaba al agua cómo debía sonar. Era el agua quien llevaba siglos enseñando al koto aquello que la madera y las cuerdas apenas habían conseguido recordar.
Imagen de un koto tradicional japonés (Nippon)
De pronto comenzaron a aparecer, como si hubieran estado aguardando esa intuición, otros sonidos que hasta entonces nunca había relacionado entre sí: el viento atravesando los cedros, la lluvia golpeando los tejados de las casas antiguas, las piedras desplazándose lentamente por el cauce de un río, las hojas secas persiguiéndose unas a otras sobre un sendero de otoño, el rumor grave del mar cuando rompe contra los acantilados sin que nadie permanezca allí para escucharlo. Pensé que quizá toda la historia de la música consistiera en un intento infinitamente paciente de traducir esa armonía anterior al lenguaje humano. No inventamos las melodías, las recordamos imperfectamente.
Abandoné el Eikan-dō poco después, aunque durante el resto del día tuve la sensación de no haber salido del todo de aquel lugar. Caminé de nuevo por el Camino de la Filosofía, crucé canales, pequeños puentes de piedra, calles en las que los ciclistas avanzaban con esa elegancia involuntaria que tienen quienes no parecen apresurados por ir a ninguna parte, y, sin embargo, todo seguía ocurriendo bajo la influencia de aquella breve música. No recordaba exactamente el sonido. De hecho, sería incapaz de reproducirlo ahora. Lo que permanecía era la sospecha de que durante unos segundos había escuchado el mundo con una atención distinta.
Cerezos en flor (sakura) en el Camino de la Filosofía de Kyoto, Japón (Japón Secreto)
Con el paso del tiempo he llegado a pensar que viajar se parece menos a descubrir lugares que a modificar imperceptiblemente la sensibilidad. Hay viajes que nos enseñan historia, otros arquitectura, otros gastronomía o costumbres; los verdaderamente importantes nos enseñan una forma nueva de percibir. Regresamos convencidos de haber conocido un país y, sin embargo, lo único que ha cambiado de verdad es nuestra manera de detenernos ante ciertas cosas. El viaje continúa mucho después, infiltrándose en gestos cotidianos que ya no realizamos exactamente igual.
Desde entonces me ocurre algo extraño. Cada vez que escucho agua correr entre unas piedras, cuando una fuente rompe el silencio de una plaza o la lluvia comienza a deslizarse por las hojas de un árbol, vuelvo, sin proponérmelo, a aquel rincón escondido del Eikan-dō. No porque esos sonidos sean idénticos —ninguno lo es—, sino porque todos parecen pertenecer a una misma conversación que lleva desarrollándose desde mucho antes de que nosotros aprendiéramos a escucharla. Hay una continuidad secreta entre ellos, una especie de música antigua que no necesita de nuestra presencia para existir y que, sin embargo, nos concede de vez en cuando el privilegio de reconocerla.
Puente de piedra de acceso al templo Eikan-dō (Japón Alternativo)
Quizá eso sea también el arte. No la invención de una belleza que antes no existía, sino el paciente intento de aproximarse a una belleza anterior a nosotros. Tendemos a pensar que un compositor crea una melodía, que un pintor crea una luz o que un escritor crea una mirada. Pero quizá la tarea sea mucho más humilde. Quizá todos ellos dediquen su vida a recordar imperfectamente algo que el mundo lleva diciendo desde siempre. Las cuerdas del koto no inventan el agua; intentan conservar su memoria. La pintura no inventa la luz; persigue el instante en que la luz decide posarse sobre las cosas. La literatura tampoco inventa la vida. Apenas intenta encontrar las palabras capaces de acercarse a ella sin empobrecerla demasiado.
Pensé entonces en todos aquellos libros que me habían acompañado antes del viaje. Durante mucho tiempo creí que habían sido ellos quienes me prepararon para Japón. Hoy sospecho que su verdadero regalo fue otro. Me enseñaron a llegar con los sentidos disponibles. No reconocí Japón porque lo hubiera leído previamente; pude leerlo mejor porque aquellos escritores habían afinado, sin que yo lo supiera, la manera en que me enfrentaba al mundo. Comprendí que las grandes obras no nos entregan respuestas ni conocimientos definitivos. Hacen algo mucho más discreto y, quizá por eso, mucho más duradero, ensanchan nuestra capacidad de atención.
Desde entonces he dejado de pensar que la belleza sea una propiedad de ciertos lugares extraordinarios. Empiezo a creer que la belleza aparece allí donde logramos mirar —o escuchar— con una paciencia suficiente. Tal vez siempre estuvo esperándonos y lo único que cambia es la velocidad con la que atravesamos el mundo.
Porque aquel pequeño cartel del Eikan-dō estaba, creo, ligeramente equivocado. El agua no sonaba como un koto. Era el koto el que llevaba siglos intentando sonar como el agua.
Y quizá nosotros hacemos exactamente lo mismo cada vez que escribimos. Intentamos poner palabras allí donde el mundo ya había encontrado, mucho antes que nosotros, una música perfecta.
"Mujeres tocando música" (s.XIX), grabado en madera del artista japonés Yanagawa Shigenobu (MET Museum)

Añadir comentario
Comentarios