Yayoi Kusama: desaparecer para formar parte del infinito

Por Isabel Erreguerena

Ciudad de México, 28 de octubre de 2026

Fotografía de la artista performativa japonesa Yayoi Kusama (Hola)

El pasado 27 de agosto se anunció la muerte de Yayoi Kusama (1929 - 2026) ocurrida el 14 de agosto en Tokio. Tenía 97 años y, según informó su estudio, continuó pintando hasta sus últimos días. Cerraba así una trayectoria de más de siete décadas como pintora, escultora, performer, creadora de instalaciones, diseñadora, cineasta, novelista y poeta. Bajo esa diversidad persistió una pregunta: qué ocurre cuando el yo deja de ocupar el centro.

 

Reducirla a los lunares o a las salas de espejos que conquistaron las redes sociales deja fuera buena parte de esa complejidad. Antes de convertirse en fenómeno global, fue una joven japonesa que llegó a Estados Unidos a finales de los años cincuenta y se abrió paso en una escena dominada por hombres blancos. Sus 'Infinity Nets' (1959), happenings antibélicos e intervenciones sobre el mercado surgieron cuando el expresionismo abstracto todavía dominaba la escena del arte en Nueva York.

 

Décadas más tarde, aquella artista situada en los márgenes se convertiría en una celebridad mundial. Sus 'Infinity Rooms' (1965) atraerían a millones de visitantes y sus puntos circularían por museos, escaparates y objetos de lujo. Esa tensión — entre margen y centro, desaparición y visibilidad, vanguardia y cultura de masas, crítica del mercado y circulación comercial — no es un accidente de su trayectoria: es una de las claves más fértiles para comprenderla. Kusama pasó su vida buscando un lugar desde el cual ser vista y, al mismo tiempo, construyendo un universo en el que la fantasía de ser el centro termina por disolverse.

"Aftermath of Obliteration of Eternity" (2009). Muestra perteneciente a la serie 'Infinity Rooms' de la artista nipona (Hirshhorn Museum)

Una vida entre el margen y el centro

Yayoi Kusama nació en Matsumoto, Japón, en 1929. De familia conservadora, la artista creció en un contexto en el que dedicarse profesionalmente al arte era especialmente difícil para una mujer. Desde niña experimentó visiones en las que flores, redes y puntos parecían multiplicarse hasta borrar los límites entre su cuerpo y el entorno. De esas experiencias surgió la idea de la 'self-obliteration' o "auto-obliteración": es decir, la disolución de las fronteras entre el yo y el mundo mediante la repetición y la proliferación. Lo que podía vivirse como amenaza se convirtió en un lenguaje para pensar acerca del concepto de pertenencia.

 

Su deseo de dedicarse al arte la llevó a buscar referentes fuera de Japón. En los años cincuenta escribió cartas a Georgia O’Keeffe, una de las principales referentes de la vanguardia artística estadounidense de la primera mitad del siglo XX, a quien envió algunas pinturas y pidió consejo para abrirse camino en los Estados Unidos. O’Keeffe respondió y la alentó a persistir.

 

Así, tras una breve estancia en la ciudad de Seattle, Kusama se instalaría definitivamente en Nueva York en el año 1958. Nueva York transformaría radicalmente la trayectoria de esta, siendo aquí donde la autora convergiese con otros artistas de la escuela pop-art como Donald Judd, Joseph Cornell, Andy Warhol o el escultor Claes Oldenburg, entre otros. Pese a ello, el reconocimiento que alcanzaron varios de sus contemporáneos masculinos tardaría mucho más en llegar en su caso. Y es que para ello tuvo que convertir la repetición, el cuerpo y la desaparición del yo en un lenguaje artístico cada vez más radical.

Fotografía de la pintora estadounidense Georgia O'Keefe junto a su obra "Pelvis Series: Red and Yellow" (1945) tomada en Nuevo México, Estados Unidos, en el año 1960 (Tony Vaccaro - Getty Images)

A su increíble capacidad creativa e intachable imaginación artística, es preciso añadir la influencia que los problemas de salud mental tuvieron a lo largo de su carrera profesional y de su vida. Kusama transformó experiencias perturbadoras de su propia vida en procedimientos artísticos: repetir, acumular, cubrir, multiplicar. Esa práctica conversa con el principio freudiano de compulsión a la repetición: volver sobre aquello que inquieta como una forma de elaborar lo que todavía no se domina. Kusama vuelve visible esto: repetir aquello que desborda puede transformar la relación que se tiene con ello.

 

Tras regresar a Japón en 1973, la artista sería hospitalizada en distintas ocasiones. En 1977 decidió ingresar voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio donde viviría durante más de cuatro décadas. Kusama combinaría su estancia en el hospital con su trabajo artístico en un estudio cercano en el barrio de Shinjuku donde continuaría pintando y escribiendo hasta el final de su vida. Sin romantizar el sufrimiento, su historia muestra que vulnerabilidad y agencia no son opuestos. Las experiencias personales ayudan a comprender su universo creativo, pero no sustituyen la disciplina, las decisiones estéticas ni las dimensiones políticas e intelectuales de una obra sostenida durante más de siete décadas por parte de la artista.

Repetición, cuerpo y desaparición del yo

Fotografía de la artista pegando lunares de papel a su obra "Dot Car" (1965) en Scheveningen, Países Bajos (The Guardian)

Aunque los lunares terminaron convirtiéndose en su signo más reconocible, la obra de Kusama es más amplia e inquietante. Redes sin final, espejos que multiplican cuerpos, esferas que devuelven la mirada y habitaciones transformadas por miles de intervenciones responden a una preocupación persistente: qué queda del individuo cuando se borran las fronteras que lo separan de los otros y del espacio en el que uno habita.

 

En su obra "Infinity Nets", iniciada a finales de la década de los 50 y extendida por varias décadas, Kusama trabaja con enormes lienzos cubiertos por pequeños arcos blancos repetidos casi obsesivamente sobre fondos oscuros. Frente al gesto espectacular del expresionismo abstracto, estas pinturas prescinden de un punto central. La mirada podía recorrerlas sin encontrar principio ni final.

 

Pintar una misma forma durante horas podía producir en Kusama una sensación de pérdida de los límites entre ella, el lienzo y el espacio. Los patrones que desde niña parecían envolverla se convertían en un procedimiento artístico. Los 'Infinity Nets' nos permiten comprender así una intuición que después atravesaría toda su obra: el infinito no aparece necesariamente en lo grandioso, sino que puede nacer de una unidad mínima que se repite hasta que ya no es posible distinguir dónde comienza una forma y termina la siguiente. La ausencia de centro deja entonces de ser vacío para convertirse en otra manera de ordenar el mundo.

Instantánea de la artista junto a una de sus composiciones pertenecientes a la serie 'Infinity Nets', ca. 1961 (Delyrarte)

Con 'Infinity Mirror Room — Phalli's Field' (1965), Kusama decide entrar físicamente en el infinito: rodeó de espejos un espacio cubierto por formas repetidas que parecían prolongarse indefinidamente y donde el visitante quedaba incorporado a esa multiplicación. Con la introducción de los espejos en su obra, ya no se contempla desde fuera una representación del infinito: el propio cuerpo entra en él, se multiplica y comienza a perder sus contornos. Fue el filósofo Maurice Merleau-Ponty (1908 - 1961), quien cuestionó la idea de que observamos el mundo desde una conciencia separada de él. El cuerpo no está simplemente frente al mundo: lo habita y forma parte de aquello que percibe.

 

En las habitaciones de Kusama, por tanto, esa idea deja de ser una abstracción. Los espejos incorporan a quien mira, confunden cuerpo y espacio y vuelven difícil establecer dónde termina una misma y dónde comienza aquello que la rodea. Se entra como espectador y se termina dentro de aquello que se estaba mirando.

La artista tumbada y reflejada en su obra 'Infinity Rooms - Phallis Field' de 1965 (El Español)

A sus obras posteriores 'Narcissus Garden' (1966), con la que la artista puso el narcisismo a la venta y cuestionaría los mecanismos con los que se asigna valor a su arte; 'The Obliteration Room' (2002), con la que esta llevaría la idea de la auto-obliteración hacia una experiencia colectiva; y 'Aftermath of Obliteration of Eternity' (2009), donde pequeñas luces doradas aparecen y desaparecen dentro de una habitación oscura cubierta de espejos, acompañarán otras, de carácter más espontáneo y performativo, alejadas del mundo de las exposiciones y de las galerías de arte.

 

A este último tipo pertenecerán los denominados 'happenings', performances y actuaciones ligadas al pacifismo, la liberación sexual y la crítica al poder surgidas durante la década de los 60, en los que la artista trasladaría sus emblemáticos puntos a los cuerpos y al espacio público. El cuerpo convertido en lienzo, protesta y como espacio político.

'Horse Play in Woodstock, a happening', obra de la artista de 1967 (Frieze)

Desaparecer sin dejar de existir

Tras regresar a Japón en la década de los 70, la literatura también ocuparía un lugar creciente en su obra, publicando diversas novelas, piezas de poesía y hasta una autobiografía: 'Infinity Net', publicada en el año 2011. Su narrativa, mucho más oscura que la imagen festiva de sus exposiciones, girará en torno a las ideas de sexo, muerte, alienación, deseo y marginalidad, como elementos pivotales de su obra escrita.

 

La popularidad tardía de Kusama puede producir, sin embargo, una lectura engañosa: pareciera que toda su trayectoria conducía inevitablemente a las 'Infinity Rooms', las calabazas gigantes y los millones de fotografías en redes sociales. No fue así. Hubo precariedad, marginalidad, experimentación radical, un regreso difícil a Japón y años en los que el mundo internacional del arte apenas hablaba de ella. Su conversión en icono pop fue, en muchos sentidos, una segunda vida artística.

 

Su propia historia dice mucho sobre quién puede ocupar el centro del mundo del arte. Kusama sostuvo que artistas hombres blancos retomaron ideas que ella había desarrollado mientras su trabajo quedaba relegado y ellos recibían reconocimiento. Décadas después, ella misma alcanzó una visibilidad extraordinaria. Por eso la paradoja central de su obra conserva tanta fuerza: una mujer que tuvo que luchar para ser vista creó un universo artístico dedicado a borrar las fronteras del yo. La afirmación de una voz históricamente desplazada convivió con una imaginación radical de lo que podría significar perder centralidad: desaparecer no para perderse ni dejar de existir, sino para formar parte de algo infinito.

La artista, Yayoi Kusama, posando junto a una de sus célebres calabazas pertenecientes a la serie 'Pumpkin' (Fundación DEARTE)

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