Desde los ojos de Proust

Por Ion Vázquez (Ihes)

Azkoitia, 10 de mayo de 2026

Marcel Proust (elaboración propia del autor)

No recuerdo exactamente cuándo decidí leer a Proust, aunque sospecho que esa decisión, como tantas otras, no fue del todo mía, sino el resultado de una acumulación silenciosa de lecturas, citas, entusiasmos ajenos y promesas incumplidas que terminan por sedimentarse en uno hasta que un día, sin anuncio previo, se convierten en necesidad. La publicación de la obra por Alfaguara con una nueva traducción de Mercedes López Ballesteros y avalada por Javier Marías fue el empujón final; alguien ajeno a mí iba a marcarme el ritmo de lectura. 

 

Había pospuesto durante años "En busca del tiempo perdido" (1913), quizá por su extensión, quizá por la intuición - acertada, como luego comprobé - de que no se trataba simplemente de una lectura, sino de una experiencia que exigiría algo más que tiempo, una disposición distinta, una paciencia que no siempre poseemos, una forma de atención que rara vez ejercitamos. 

 

Y sin embargo, una vez dentro, lo que más me sorprendió no fue la célebre magdalena, ni siquiera la arquitectura monumental de la memoria que articula la obra, sino algo más inmediato y, a la vez, más difícil de explicar: la sensación de que alguien estaba viendo el mundo de un modo radicalmente distinto y, al hacerlo, me estaba enseñando a verlo también a mí. Cuando Proust escribe sobre los paseos por Combray, sobre la luz filtrándose entre los árboles o sobre las vidrieras de una iglesia, no parece estar utilizando palabras, sino pinceles. Acaricia el mundo de los sentidos con el lenguaje, lo rodea, lo demora, lo intensifica hasta hacerlo casi insoportable, como si cada cosa —una flor, un rostro, un gesto— contuviera una densidad que nosotros, en nuestra prisa, no alcanzamos a percibir. 

 

Se habla mucho de 'la magdalena de Proust', de ese instante en el que el sabor convoca un pasado que creíamos perdido, y es lógico que así sea, porque en ese gesto se condensa una de las intuiciones más poderosas de la novela: la memoria involuntaria como forma de acceso a una verdad que no puede ser alcanzada por la voluntad. Pero quizá por tan repetida, esa escena corre el riesgo de convertirse en símbolo antes que en experiencia, en idea antes que en vivencia. Y lo que a mí me ha fascinado no es tanto ese mecanismo como la mirada que lo hace posible. No el recuerdo en sí, sino la forma de percibir que permite que ese recuerdo emerja con tal intensidad.

 

"Marcel Proust en Combray" del fotógrafo Gérard Bertrand (ArtMajeur)

Alfred North Whitehead escribió que la teleología del universo apunta hacia la producción de belleza, y en esos momentos que podríamos llamar "proustianos", aunque el término se haya desgastado por el uso, parece darse una intuición de esa belleza, no como algo separado de la vida, sino entretejido en ella, oculto en sus pliegues más discretos, aguardando el instante en que un olor, un sabor o una textura lo devuelvan a la superficie. No es una belleza triunfal ni plena, sino una belleza que convive con la pérdida, que se sostiene sobre la conciencia de lo irrecuperable. Una belleza trágica, podríamos decir, que no niega el paso del tiempo, sino que lo incorpora. 

 

Y, sin embargo, reducir la experiencia de leer a Proust a la nostalgia sería empobrecerla. Porque lo que ocurre en esos momentos no es simplemente un regreso al pasado, sino algo más complejo, una conexión inesperada entre el yo que recuerda y el yo que fue. Proust parte de una intuición profundamente inquietante, la de que el yo no es una entidad estable, sino una sucesión de fragmentos. No soy el mismo que fui hace un año, ni siquiera el mismo que fui ayer. Nuestro pasado no se conserva intacto en nosotros; se pierde, se transforma, se vuelve inaccesible. Y sin embargo, en esos instantes de memoria involuntaria, algo parece recomponerse, no como continuidad, sino como relámpago, nos llega una sensación de vínculo, una posibilidad de recuperar fugazmente lo que creíamos definitivamente perdido.

 

Leer a Proust es, en ese sentido, aprender a habitar esa fractura sin resolverla, aceptar que la identidad no es una línea continua, sino una constelación de momentos dispersos, y que la literatura no tiene la función de ordenarlos, sino de iluminarlos brevemente, como una cerilla en mitad de un bosque. Faulkner escribió —y Marías repitió hasta convertirlo casi en un principio— que la literatura no ilumina nada, sino que nos muestra mejor cuánta oscuridad hay alrededor. Proust parece asumir esa premisa con una lucidez radical ya que su novela no pretende explicar el mundo, ni siquiera comprenderlo del todo, sino observarlo con tal intensidad que lo vuelve, por momentos, visible. 

 

William Faulkner sentado ante su escritorio en la casa de Rowan Oak, Oxford, Mississippi (Pijao Editores)

En una carta a Anna de Noailles, Proust se mostraba dudoso entre escribir un tratado filosófico o una novela. La elección no es trivial, porque en ella se cifra buena parte de su proyecto. Si el yo fuera algo estable, conceptualizable, si la experiencia pudiera organizarse en un sistema coherente, quizá el ensayo habría sido suficiente. Pero el yo es volátil, escurridizo, contradictorio, y la novela —con su capacidad para acoger la digresión, la contradicción, la ambigüedad— se convierte en el único espacio donde esa complejidad puede ser, si no explicada, al menos mostrada. 

 

Y es en esa atención minuciosa donde Proust alcanza una profundidad que resulta, en ocasiones, casi incómoda. Su análisis del deseo, por ejemplo, no se limita a describirlo, sino que lo descompone, lo sigue en sus metamorfosis, en sus frustraciones, en sus cumplimientos. Porque el deseo, en Proust, no es solo aquello que nos impulsa, sino también aquello que nos decepciona. Deseamos lo que no tenemos, y cuando lo tenemos, descubrimos que ya no es lo mismo. O peor aún, que nunca fue lo que creíamos. Esa paradoja - tener deseos es algo genuinamente positivo, pero nos conduce a algo negativo -, no puede encontrar mejor hogar que la novela. Hay en esa idea algo profundamente cercano a Pessoa, a esa conciencia de que el deseo está condenado, de una u otra forma, a la insatisfacción. Muchas páginas de "El libro del desasosiegoorbitan alrededor de esa contradicción, pero sin embargo, en la novela luce mucho más; porque Proust, lejos de resolver esa tensión, la habita, la explora, la convierte en materia narrativa, en una forma de conocimiento que no busca consuelo

 

El escritor luso Fernando Pessoa caminando por las calles de Lisboa (El País)

Quizá por eso su lectura produce un efecto tan extraño, no solo nos hace ver más, sino que nos hace sentir que siempre habíamos visto menos de lo que creíamos. Virginia Woolf lo expresó con una intensidad difícil de igualar: 

«Proust estimula tanto mi propio deseo de expresión que apenas puedo comenzar la frase. "¡Oh, si pudiera escribir así!", grito. Y en ese momento, tal es la asombrosa vibración, saturación e intensificación que provoca —hay algo sexual en ello—, que siento que podría escribir así, tomo la pluma y luego no puedo. Casi nadie estimula tanto en mí los nervios del lenguaje: se convierte en una obsesión. Pero debo volver a Swann»

 

Palabras de la escritora Virginia Woolf en correspondencia con su amigo y pintor Roger Fry (ca. 1922)

Leer a Proust no es sólo un acto intelectual, sino un impulso casi corporal, como si el lenguaje adquiriese una densidad nueva, como si cada frase exigiera una respiración distinta, a aprender a leer de otro modo. 

Y quizá ahí reside la gran lección de Proust: el mundo no es menos rico de lo que vemos, sino que lo vemos menos de lo que es. Proust no añade nada a la realidad; la intensifica. Nos invita a volver sobre lo ya vivido, sobre lo ya pensado, sobre lo ya sentido, y a descubrir en ello matices que habían permanecido ocultos. Nos enseña que mirar no es registrar, sino interpretar, y que esa interpretación puede ser infinitamente más compleja de lo que estamos dispuestos a admitir. 

Leerle ha sido, en ese sentido, una experiencia profundamente transformadora, no tanto por lo que cuenta como por lo que hace posible. Porque después de Proust, uno no puede volver a mirar de la misma manera. Hay en su obra una forma de luz lenta, paciente e insistente que no ilumina el mundo de una vez, sino que lo va revelando por capas, como si cada cosa contuviera más de lo que muestra, como si cada instante fuera susceptible de ser pensado una vez más. 

Y quizá eso sea, al final, lo que permanece; no una historia, no un recuerdo concreto, sino una forma de atención, una manera de estar en el mundo que, aunque no podamos sostener siempre, sabemos que existe. Una invitación a mirar más despacio, más profundamente, más honestamente, sabiendo que no encontraremos respuestas definitivas, pero sí algo quizá más valioso: la conciencia de que lo que vemos nunca es todo lo que hay. Y su mirada se hace nuestra. 

"Retrato de Marcel Proust" (1892) - Jacques-Emile Blanche (Museo Nacional Thyssen-Bornemisza)

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