En otra vida

Por Alberto Palacios

Valladolid, 5 de mayo de 2026

Allí, en solemne círculo, sobre un alto acantilado de verde pasto y oscuro cielo, azotados por el desbocado viento, escuchando el incesante y encastado rugido del Cantábrico, leímos en un cartelón informativo que bajo nuestros pies se encontraba el punto de partida de los barcos de los valientes balleneros que, unos siglos atrás, se lanzaban a los brazos de la madre mar para apresar, a sus ojos ancestrales, unas bestias más mitológicas que marinas, arpón en mano y agalla en pecho. Agallas las que había que tener para jugarse el pellejo en ese escenario tan imponente como implacable. 

 

Mientras continuaba la litúrgica lectura de aquel cartel informativo, yo asentía con vehemencia. Notaba, en lo más profundo, que ya sabía aquello que estábamos descubriendo. Pero era un conocimiento más visceral que racional. Tenía la certeza de que yo había vivido lo relatado. Sabía de qué me hablaban en aquel mirador para turistas. Pero no sólo eso, sino que también reconocía como familiar y cercano el azote de las olas, el empuje de ese viento, el recorte que hacía la costa a nuestra izquierda, el inalcanzable e imperturbable horizonte. En otra vida, si es que la hubo, sospecho que tuve una estrecha relación con el mar. Por ello, lo temo profundamente. Es esta actitud de inexcusable respeto la que me ratifica en esta teoría. Lo he visitado por fuera, por dentro, a motor y a pala, a pedal, a hinchable, con balón y sin él. Con gafas, con tubo. Con todo, sin nada. Pero siempre ha estado latente un respeto desbordante.

 

La mayoría lo ve de lejos como una mera postal. Grita al verlo después de mucho tiempo, bajando la ventanilla del coche y señalando con el dedo. Y le hacen fotos. Pero yo lo temo. Lo veo con distancia física y emocional porque sé de su poder. Sé que el mar no acepta extraños, por eso tiende a expulsar a los hombres que osan cabalgarlo. No sé si naufragué, si fui herido, si perdí el norte o la cabeza, si conocí a Odiseo, si viajé con él. No tengo ninguna certeza, pero el mar me habla. Con distancia, altivo, serio, tajante, cortante. Pero me habla, que ya es mucho.

 

Esto también explicaría mi aversión a las piscinas y a la nada. Junto al Universo y la muerte, no se me ocurre una mayor expresión de la nada que el mar. Antonio Lucas me contó que, navegando el Gran Sol, alcanzaron un punto de no retorno. Se encontraban a tanta distancia de tierra firme por todos los costados que ningún rescate era posible. No existía medio aéreo con la suficiente independencia de vuelo para llegar hasta allí. Así que no le quedó más remedio que gestionar aquella sensación de vacío total. 

 

«No sé si naufragué, si fui herido, si perdí el norte o la cabeza, si conocí a Odiseo, si viajé con él»

Y sobre las piscinas. Las piscinas son una falta de respeto, un toro castrado, un charco doméstico, la escenificación de la falta de decoro hecho uña, pelo y sudor. Es, además, la antítesis del mar, pues tiene horario, barreras y químicos. Nadie te dice que te metas a la piscina para curarte las heridas, los catarros o el alma. Suele ser al contrario. La piscina es el símbolo del conformismo. Es el pesebre del veraneante mientras que el mar, que no la playa, es un dios que no admite negociación y que impone su naturaleza. Y le entiendo, le respeto, se lo reconozco. Porque creo que, en el fondo, le envidio.

 

"Retrato de un artista - Piscina con dos figuras" - David Hockney (1972)

Llegan vientos de primavera. Los mismos tipos que acuden exultantes y con nevera a las piscinas, ya planean, independientemente de su cultura propia y personal, de su lugar de origen e, incluso, de sus gustos (“luego ponen reguetón y aún se puede estar, el flamenco es insufrible”, he llegado a escuchar) bajar a Sevilla para mimetizarse con la Feria de Abril. No me siento interpelado por esta fiesta, no la reconozco mía, sé que no va conmigo, tampoco lo fuerzo, entiendo que es una cosa de nuestros queridos y admirados hermanos andaluces, a los que les deseo toda la paciencia del mundo para lidiar con tanto pegote mesetario. Os prometo que se cansarán, la moda irá por otro lado y os dejarán, al fin, en paz. Volveréis a tener hueco para bailar tranquilos y al compás. Al de verdad

 

Decía que al igual que no me siento interpelado por la feria de abril, aunque admiro su estética, la belleza de flamencas, el duende borracho de palmas y taconeos, así como el cuajo de una media verónica en los medios de la Maestranza, siendo de secano sí noto una extraña y potenciada atracción por el mar, lo marino, marítimo y marinero, las tabernas y el folclore de corte celta. Tengo localizados decenas de vídeos donde los lugareños, después de una larga jornada de faena, cantan al ritmo de las pintas y de los violines, de la Guinness y de las gaitas. Y, al verlos en bucle, pues acudo a ellos con relativa frecuencia, un pellizco en el centro del estómago me recuerda que, alguna vez, en alguna otra vida, algo tuve que ver con aquello y con aquellos.

 

Quizá sobreviví al mar, volví a la taberna, celebré la vida, pernocté con las hijas de la mesera, no dormí, tomé la calle al amanecer, escuché a los pájaros cantar, fumé tabaco negro, lo escupí, caminé, silbé al recordar de la que me había librado y, mirando a los ojos al mar, juré que no me volvería a cornear.

 

Quizá pacté conmigo poner distancia, una distancia que, siglos después, mantengo vigente en mi interior. Quizá, sea lo mejor. Quizá, ya escarmentado, deba en esta vida contemplar los fuertes e inclementes envites del mar desde un lugar seguro. Desde un faro, quizá.

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