Por Ion Vázquez
Azkoitia, 24 de agosto de 2026

'Tosei Furyu Tsu' o "Tocando música" (1904), grabado de estilo ukiyo-e del artista japonés Shuntei Miyagawa (FujiArts)
Hay viajes que comienzan mucho antes de comprar un billete de avión. Sospecho, de hecho, que los verdaderos viajes empiezan siempre en una biblioteca, o en una pantalla encendida de madrugada, o en una película vista sin saber todavía que años después sus imágenes se convertirán en una forma de preparación secreta. Aquel viaje que hice a Japón hace ya ocho años comenzó mucho antes del aterrizaje, cuando todavía no sabía si alguna vez caminaría por aquellas calles y, sin embargo, ya había empezado a recorrerlas en las novelas de Kawabata, Sōseki, Mishima o Tanizaki, en los encuadres detenidos de Ozu, en la niebla espectral de Mizoguchi, en los jardines fotografiados de Kioto, en los haikus de Bashō, en ensayos sobre el budismo, sobre el sintoísmo, sobre la ceremonia del té, sobre el mono no aware, esa melancolía tenue ante el paso de las cosas, como si toda belleza llevase ya en su interior la conciencia de su desaparición.
Antes del viaje me obsesioné con Japón. Leí novelas, poesía, diarios, ensayos; vi documentales, películas, entrevistas, fragmentos de templos grabados por desconocidos; busqué mapas, itinerarios, nombres de barrios, de estaciones, de jardines, como si el conocimiento previo pudiera protegerme de la extrañeza o prepararme para ella. Ahora creo que ocurría exactamente lo contrario. Cuanto más leía, más se ensanchaba la distancia. Todo aquello no me acercaba a Japón, sino que hacía más visible su misterio. Las buenas lecturas no reducen el mundo, lo vuelven más complejo, más profundo, más resistente a ser poseído.
El célebre escritor japonés Yukio Mishima (Pinterest)
Quizá por eso, al regresar, comprendí que no echaba de menos Japón en un sentido geográfico. No extrañaba únicamente sus ciudades, sus templos, el teatro Noh y el misterio de sus máscaras, el orden casi irreal de ciertas calles, los estanques y sus carpas o la forma en que incluso la multitud parecía obedecer a una disciplina silenciosa. Lo que añoraba era una manera concreta de estar allí. La nostalgia casi nunca pertenece a los lugares, aunque nos engañe adoptando su forma. Pertenece a las personas que fuimos mientras los recorríamos. Volver nunca consiste en regresar al mismo sitio, porque quien vuelve ya no es quien llegó por primera vez. La primera vez posee un privilegio irrepetible: el desconocimiento. Todo permanece abierto porque nada ha sido todavía reconocido.
Durante mucho tiempo pensé que no podía escribir sobre aquel viaje porque Japón era demasiado vasto, demasiado lleno de imágenes, demasiado contradictorio para caber en unas pocas páginas. Pero la memoria, que es menos ambiciosa que nosotros, no conservó el país entero. Conservó instantes. No una ciudad, sino una luz sobre una madera oscura. No un templo completo, sino el sonido de un corredor bajo pasos ajenos. No un jardín, sino una piedra colocada en un lugar que parecía inevitable, como si hubiera estado esperándolo desde antes de existir.
Los grandes monumentos sobreviven porque las fotografías se encargan de ellos; son las pequeñas revelaciones las que necesitan de la escritura para no desaparecer. Y de todas las que traje conmigo hubo una que nunca dejó de regresar.
No ocurrió frente al monte Fuji. Ni bajo los torii bermellones del Fushimi Inari. Ni siquiera ante el Buda que vuelve el rostro para mirar a quien camina tras él. O quizá sí, pero no del modo en que habría esperado.
Ocurrió en el templo de Eikan-dō, en Kioto, casi al final del Camino de la Filosofía, en uno de esos lugares cuya belleza parece menos destinada a ser vista que a modificar, discretamente, la velocidad con la que uno percibe.
Uno de los puntos de acceso al templo sintoísta de Eikan-dō, en Kioto (JeePe)
El Eikan-dō lleva casi mil años respirando en la ladera oriental de Kioto. Su nombre oficial es Zenrin-ji, el 'Templo del Bosque Sereno', aunque casi nadie lo llama así. Algunos lugares verdaderamente antiguos terminan pareciéndose a las personas y acaban adoptando el nombre de quienes los amaron mejor que nadie. En el siglo XI vivió allí un monje llamado Eikan, cuya compasión hacia los enfermos y los pobres fue tan celebrada que terminó confundiendo su memoria con la del propio templo. La leyenda cuenta que una madrugada caminaba recitando el nembutsu frente a una imagen de Amida cuando, de pronto, el Buda descendió del altar y comenzó a caminar delante de él. Eikan quedó inmóvil, incapaz de comprender si aquello pertenecía al mundo o al sueño, hasta que la figura se volvió ligeramente y pronunció unas palabras que todavía hoy siguen escritas en la memoria del lugar: «Eikan, vas demasiado despacio».
Siempre me ha conmovido esa historia, quizá porque parece contener una paradoja imposible. Uno imagina que toda experiencia espiritual exige lentitud, recogimiento, una suspensión del tiempo cotidiano, y sin embargo es el propio Buda quien reprocha al monje su demora. Durante mucho tiempo interpreté aquella escena como una llamada a no quedarse inmóvil ante la revelación. Ahora sospecho que significa algo distinto. Tal vez no sea el cuerpo el que camina demasiado despacio, sino la conciencia. Hay ocasiones en las que estamos físicamente presentes en un lugar y, sin embargo, nuestra atención continúa varios pasos por detrás, todavía ocupada por pensamientos que pertenecen a otro día, a otra ciudad o a otra vida. Iluminarse quizá consista simplemente en conseguir que la mirada alcance por fin al cuerpo.
No recuerdo en qué momento exacto atravesé el gran portón de madera, una determinada transformación de la percepción. El Eikan-dō produce esa sensación desde los primeros pasos. No parece un templo concebido para impresionar, sino para modificar imperceptiblemente la velocidad con la que uno empieza a mirar. Todo allí sucede unas décimas más tarde. La luz tarda un poco más en abandonar las hojas de los arces. El agua parece demorarse antes de caer sobre las piedras cubiertas de musgo. Incluso el viento, al atravesar las ramas, pierde esa impaciencia que le conocemos fuera de los jardines y adquiere una cadencia casi humana, como si hubiera aprendido durante siglos la disciplina silenciosa de los monjes.
Exterior del templo Eikan-dō (Japan Travel)
La belleza de los jardines de Eikan-dō es extraña. Resulta casi imposible recordarlo como una composición. Lo que permanece no es una imagen completa, sino una sucesión de pequeñas revelaciones: el verde húmedo que asciende lentamente por una roca hasta confundirse con ella, el reflejo de un alero antiguo deshaciéndose sobre la superficie inmóvil del estanque.
Hōjō (o 'Salón del Buda'); una hoja de arce suspendida durante unos segundos sobre el agua antes de decidirse a caer; el leve crujido de las galerías de madera, gastadas por siglos de pasos, que parecían responder con una discreción exquisita al peso de cada visitante. Todo invitaba a pensar que la arquitectura japonesa no había nacido para imponerse sobre la naturaleza, sino para aprender de ella la elegancia de pasar inadvertida.
Comprendí entonces que el silencio tampoco era exactamente silencio. Nosotros solemos entenderlo como ausencia de sonido, pero allí parecía comportarse como una materia delicada sobre la que iban depositándose, uno tras otro, pequeños acontecimientos: el roce de unas sandalias sobre la madera encerada, el zumbido irregular de un insecto oculto entre los bambúes, la campana remota de otro templo cuya distancia volvía aún más preciso su eco, el agua descendiendo por un cauce estrecho hasta perderse en el estanque, el golpe casi imperceptible de una carpa rompiendo durante un instante la superficie para devolverla enseguida a su quietud original. Era un silencio lleno, tejido con sonidos tan leves que uno tenía la impresión de que no estaban destinados a ser oídos, sino descubiertos.
Entrada al salón Shaka-Do, en el interior del templo (Japonismo)
Fue entonces cuando encontré un pequeño pabellón de bambú que apenas figuraba en los planos del templo. No conducía a ninguna sala importante ni protegía ninguna reliquia. De hecho, es probable que muchos visitantes lo atravesaran sin detenerse. Entre dos escalinatas de piedra, casi escondido por la vegetación, descansaba un cucharón de madera semejante al que suele encontrarse en los temizuya de los santuarios sintoístas, esos lugares donde el agua limpia las manos antes de acceder al espacio sagrado. Sin embargo, un pequeño cartel advertía que aquella agua no debía utilizarse para purificarse. Invitaba simplemente a recogerla y dejarla caer lentamente entre unas cañas de bambú. Añadía una observación curiosa: el sonido recordaría al de un koto.
No sé exactamente por qué. Tal vez por pudor. Tal vez porque intuía que aquella experiencia exigía una forma de soledad que rara vez encontramos en los lugares turísticos. Esperé a que desaparecieran las conversaciones, a que unos pasos se alejaran por la galería de madera, a que el jardín recuperara esa respiración pausada que parecía pertenecerle desde hacía siglos. Sólo entonces tomé el cucharón.
Hay gestos cuya importancia descubrimos únicamente después de haberlos realizado. Aquel era uno de ellos. Dejé que el agua descendiera muy despacio sobre el entramado de bambú y cerré los ojos antes incluso de que comenzara a sonar. No buscaba escuchar mejor; buscaba dejar de mirar. Siempre concedemos a la vista una autoridad excesiva, como si comprender consistiera únicamente en observar con atención. Pero hay lugares donde los ojos terminan convirtiéndose en una distracción, donde la belleza no comparece ante nosotros como una imagen, sino como una cadencia. Comprendí entonces que el templo llevaba casi una hora preparándome para ese instante. El musgo, los corredores, la lentitud de los estanques, la distancia entre las campanas, el rumor constante del agua deslizándose entre las piedras... todo parecía haber afinado poco a poco la sensibilidad hasta hacer posible aquella escucha.
Continuará...

Añadir comentario
Comentarios