Destino: Humanes

Por El Rapaz de Casasoá

 

Madrid, 17 de marzo de 2026

 

Madrid rezuma rabia. Brota de cada junta de adoquines de la acera, alrededor de las farolas cada noche, de los vapores pestilentes de las alcantarillas… se impregna en el espíritu de sus habitantes y, como suciedad que infecta una vez te toca, es casi imposible limpiarla.

 

Es tal su presencia que ha ocupado el mismísimo espacio de Dios entre nosotros. 

 

Sería quizá injusto ceñir esta afección a nuestra ciudad, pero permítanme esta licencia ya que las propias vivencias siempre son más fáciles de expresar y luego, igual que un hijo una vez las das a luz, crecen por sí solas, aunque no hayas sido causa de su grandeza.

 

Hay rabia en Madrid, es una presencia insulsa, que sin ser capaces de verla se va insertando en lo profundo de nuestro ser.

Pero su presencia es inequívoca.

 

Bulle en el cercanías cada mañana, cuando la gente colocada indolente frente a la puerta del vagón no cede un palmo de terreno,  o dentro, donde no existe la consideración hacia nadie más que a uno mismo.

 

Nos grita desde la violencia de los cláxones ante cualquier falta leve en la vía pública,  y ni el peatón que, despistado, no llega a tiempo en el interminable cruce de peatones de Atocha, tiene un segundo de tregua. 

 

Nos susurra en la cola del supermercado, en cada paseo por la acera, en cada choque fortuito,  antes excusa para un encuentro o incluso el amor, y ahora sólo fuente de violencia.

 

Se muestra con su auténtica forma en el desdén con que se trata a esas personas que, por un breve momento, te ofrecen un servicio o se encuentran a tu disposición, en la impaciencia o la incomprensión.

 

Esta afección crónica que hace tiempo impera en nuestras calles, bellas y sucias al mismo tiempo,  es una enfermedad sintomática  que mi altivez moralista atribuyó a la mala educación,  a unos valores que, una vez perdidos, habían transformado a la gente en monstruos individualistas y desconsiderados.

 

Fue un vil error de análisis el culpar de manera injusta y desconsiderada a un extraño,  juzgándole,  ignorando las complejidades de su existencia única.

 

Un síntoma más de esta rabia densa y masiva que se extiende y me infecta.

 

Mis eternos viajes en la interminable y disfuncional línea C5 me hacen ver que  las pobres gentes de Madrid están cansadas, hastiadas, dolidas con una vida que no les otorga aquello que creen merecer, generando un enfado enrabietado por su infortunio que, aunque infantil, es terriblemente humano.

 

Necesitados como estamos de aquello que pensamos merecer sin ser más que un espejismo en un horizonte lejano.

 

Pero, ¿por qué lleva tan aciago camino esta búsqueda infructuosa de lo que pensamos merecido?

 

Decía Boecio:

 

«¿No poseéis bienes propios, en vuestro interior, que os permitan evitar ir mendigándolos en las cosas externas y remotas?

 

¿Tan alterado está el orden de las cosas que un ser animado, divino gracias a la razón, no encuentra mejor forma de brillar que apropiándose de adornos sin alma?

 

Mientras que las demás criaturas se contentan con lo que son, vosotros, cuyo espíritu os asemeja a Dios, buscáis en las cosas más ínfimas los adornos de vuestra naturaleza superior sin advertir la injusticia que cometéis contra vuestro creador»

 

 

Los bienes  materiales se han devaluado. Lo deseado ha mudado su careta en una nueva necesidad de vivir, son bienes lo que quiere la gente, pero bienes existenciales lo que buscamos en la eterna deriva de nuestro día a día.

 

Pero éstos ya ni siquiera tienen un valor material y están igualmente vacíos.

 

Lo que hoy en día anhelamos no tiene ni valor ni contenido.

 

Derrochamos fuerzas en quimeras que no sabemos si queremos realmente, traicionándonos día a día, en lo más profundo de nuestras almas, hasta llenarnos de un odio y una rabia tal que sólo puede aliviarse saliendo hacia el exterior. 

 

Ahogados en esta miseria, uno es incapaz de ver que esa misma penuria es igual en el otro, que no merece tu rabia.

 

La búsqueda persiste en el exterior. Vivimos en una sociedad que nos empuja a una individualidad falaz, creando una sociedad de individualidades moribundas.

 

Nuestro ser, el más profundo, el íntimo, el que se conoce a duras penas cuando indagamos en nuestro silencio, lo hemos enterrado.

 

Y es el abrazo de ese ser, cuando conocemos la criatura que somos en realidad y no en la que nos queremos convertir,  cuando somos capaces de ahogar esa rabia y somos libres para amar más.

 

Llenos de conocimiento hemos visto gente alcanzar sus objetivos, pero nos hemos quedado con el ejemplo y no hemos inferido la regla.

 

No hace falta emular vidas ajenas. Se han desdibujado la frontera entre los deseos propios y los deseos generalizados. Buscamos lo mismo y no encontramos nada, pesar de cumplir sus requisitos.

 

Pero aún queda esperanza….

«Me arranca una sonrisa,

que reabran las puertas

del metro antes de irse,

como si una gota de bondad

me salpicase. 

 

Deja aromas de añoranza,

me hace ceder mi sitio

no mirar tanto a mí mismo. 

 

La chica de al lado hace igual,

me mira con complicidad

y, por un instante, 

compartimos un recuerdo.

 

¿Baila el señor de enfrente?

¿Está o quiere estar contento?

Palia el metro mi soledad, 

me olvidé de su consuelo

tan frecuente en otro tiempo.

El Rapaz de Casasoá


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