La biblioteca del faro (III)

Por Fernando J. Palacios

Madrid, 3 de julio de 2026

III

 

El mar es como un corazón herido, sangra pensamientos, oculta en su fondo las traiciones, las sumerge, las desgasta, las recubre de coral en su fondo. Él sabe dónde yacen perdidas, no espera que alguien las encuentre sino que sean buscadas por quien sepa de su extraño valor. Quizás por ello nos parezca hermoso, por lo que muestra y por lo que oculta; por esa inmensidad que expone lo indescifrable. Yo me bañé en unos ojos así durante un tiempo, para todos tiene la muerte una mirada, como escribió Cesare Pavese. Unos ojos de mar que yo convertí en mi patria durante un tiempo, pero el mar no es de nadie, desaparece en tierra aunque no quieras, te destruye con una sola de sus tempestades y luego ofrece la calma, la tersa lámina de sus aguas sobre la que flota aquello que no volverá a ser. No intentemos el amor nunca, aconsejó Cernuda

 

Anduve por los alrededores del faro tras ordenar las primeras cajas de libros. Pasear me reconcilia con la vida. Hay en el movimiento algo similar a los ojos de un lector que cruza su mirada por la página. Y es como si cada paso dado avanzara una palabra sobre el blanco del silencio, una palabra que deja atrás la anterior para siempre y nos ofrece una salida, un nuevo latido, una nueva expresión por la que transitar a la siguiente página. Por mucho que se camine, el paseo siempre es distinto. Guardo un tesoro de cada paseo que doy: una mirada, un objeto azaroso, el canto de un ave, la forma de una duna, una nube que ofrece su descanso, fragmentos de conversaciones que se deshacen como la luz de la tarde. Sé que me estoy enamorando de una mujer cuando le comienzo a hablar de “La historia interminable” de Michael Ende, cuando siento el impulso irrefrenable de recomendarle el libro como si fuera algo importantísimo.

 

Es una declaración invisible de amor. Hay cuerpos que ofrecen una brisa sin nombre, que llenan de sentido la vida como una sed inagotable que se copia a sí misma y que se derrama sobre el resto de las cosas. Todo cabe entonces en un nombre, en unos ojos, en el metal único de una voz que nos inunda el suelo y nos rodea de palomas blancas. 

 

Del último paseo guardo una sombra, mi sombra perdiéndose dentro de la sombra del faro. El Bastian Herbst que fui y el que se queda dentro de estas páginas.

 

Bastian Herbst

 

Fotografía original del autor

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