Eria

Por Tesa

 

Madrid, 29 de marzo de 2026

Eria es un pueblo pequeño. Las mañanas, con su densa niebla, no te dejan ver más allá de tu propio cuerpo. Aquí, entre el cielo grisáceo y la humedad que cala los huesos, la vida pasa lentamente, sin prisas. El tiempo parece haberse detenido.

 

Cuando llegué, la quietud y el silencio me abrumaron. Venía de una gran ciudad donde el ajetreo y las prisas eran la constante: ruido, sirenas, motores... No te dejaban respirar ni pensar con serenidad. Recuerdo el chirrido metálico de los raíles del metro y esa bocanada de aire caliente que te golpeaba al salir al andén. Los rostros tensos, los pasos apresurados, las miradas fijas y perdidas. Nadie miraba a nadie. La sensación de estar solo en medio de una multitud. Una auténtica paradoja.

 

La farmacia de Eria precisaba una farmacéutica. Busqué dónde estaba y cómo era el pueblo. Efectivamente, Eria era la contraposición a mi ciudad: pequeña, silenciosa, casi detenida en el tiempo. Pensé en polos opuestos, en vivencias diferentes. Pasaría de un ritmo frenético a uno pausado. Dudé, pero envié mi currículum. Pensé que sería un paréntesis. Sabía que, si me aceptaban, el cambio sería importante, pero jamás llegué a pensar que sería tan profundo.

 

Al principio, el ambiente me resultó monótono. Las calles, desiertas y silenciosas, parecían repetirse cada día como una fotografía inmóvil. Las mismas fachadas, las mismas persianas entreabiertas, las mismas conversaciones que giraban en torno a cuestiones conocidas: el tiempo, la cosecha, algún familiar que vivía lejos. La farmacia se convertía cada día en el principal punto de encuentro: allí entraban los vecinos no sólo para buscar su medicación, sino también para entablar conversaciones, saludar. En definitiva, estar en compañía.

 

La farmacia era pequeña, con una luz tenue que entraba por una pequeña ventana. Los frascos y cajas de medicamentos, con etiquetas de colores, se alineaban ordenadamente, y detrás del mostrador había un dispensador rojo de gel hidroalcohólico que le daba un toque de color. La campanilla de la puerta sonaba, insistentemente, cada vez que entraba alguien, y al entrar, el olor a alcohol te embriagaba.

 

Con el paso de los días, empecé a memorizar nombres y a reconocer voces y gestos. Algunos clientes se detenían un poco más; otros preguntaban cómo me estaba adaptando. Una mujer mayor me traía, de vez en cuando, unos limones de su jardín; su aroma dejaba mis manos impregnadas de esa fragancia. Un hombre parco en palabras ya me decía: “Que tengas un buen día”. Eran pequeños gestos, casi imperceptibles, pero constantes.

 

Poco a poco comprendí que, en Eria, las relaciones se construían así: lenta y sutilmente. Al principio, solo respondía con cortesía y miradas tímidas. Con el tiempo, las miradas se llenaron de complicidad y las sonrisas se hicieron cálidas y francas. Me di cuenta de que yo también preguntaba y me interesaba por sus historias. No era una figurante; era una más de este escenario. Esas pequeñas conexiones se repetían sin cesar. Sentía que formaba parte de ese pequeño mundo que se reiteraba diariamente.

 

Unos días después, colgué en el tablón de anuncios de la farmacia una charla sobre alimentación saludable. La preparé con esmero y dedicación. No esperaba mucha afluencia de gente. Al llegar, me sorprendió ver la sala del centro cívico llena. Fue un acto dinámico, con preguntas y respuestas, intercambios de opiniones y recuerdos de consejos de sus antepasados. Al terminar, alguien propuso seguir la conversación en el café de la plaza. Sin pensarlo demasiado, me uní. Seguimos charlando entre risas y anécdotas.

 

Una tarde, cuando estaba a punto de cerrar la farmacia, alguien volvió a entrar apresuradamente. No era una urgencia, solo una pregunta que podría haber esperado al día siguiente. Mientras le respondía, noté algo distinto: ya no me sentía una extraña transmitiendo indicaciones aprendidas, sino parte de Eria. La conversación, sobre un tema que apenas recuerdo, me sacó una sonrisa sincera. Nos despedimos con un “Hasta pronto y buenas noches”.

 

Cuando la puerta se cerró de nuevo y el silencio llenó el local, respiré hondo. Miré a mi alrededor y fijé la vista en la plaza, casi desierta y oscura. Solo una luz encendida de la casa contigua rompía la penumbra. Volví a inhalar y percibí que el aire dentro de la farmacia era el mismo, pero yo no.

 

Comprendí entonces que Eria no era solo un lugar al que había venido a trabajar para huir de la ciudad y, quizás, de mí misma. Era un espacio que, sin darme cuenta, empezaba a sostenerme. Aquí el tiempo no corría deprisa, aquí las personas no se cruzaban, aquí se miraban y reconocían.

 

No sabía qué me depararía el futuro. Pero, por primera vez en mucho tiempo, la idea de quedarme no me producía inquietud, sino calma. Y esa calma, que al principio me había asustado, empezó a ser indispensable.


Eria... aire... vida.

 

Tesa

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios