Por Luisa Lafuente Pelegay
Madrid, 3 de junio de 2026

Escena de la película "Dinner with Friends" (2025) de Sasha Leigh Henry (Prime Video)
Imagina la escena. Una cena entre amigos, copa de vino en mano, y alguien menciona a Proust. De inmediato, varias cabezas asienten con la solemnidad de quien ha vivido algo importante. "Genial", dice uno. "Completamente transformador", añade otro. Nadie pregunta por qué. Nadie pide detalles. Porque en el fondo, todos saben que nadie en esa mesa ha pasado del tercer tomo de "En busca del tiempo perdido" (1921). Probablemente ninguno del primero.
Bienvenidos al club más numeroso y menos reconocido de la historia de la literatura.
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Existe una categoría especial de libros que funcionan de una manera curiosa: no como lecturas, sino como credenciales. Son obras que todo el mundo menciona, que aparecen en las listas de "los imprescindibles", que se regalan con entusiasmo y se colocan en estanterías bien visibles. Pero que muy poca gente termina. Y aún menos gente reconoce no haber terminado.
El fenómeno tiene hasta un nombre. El escritor Pierre Bayard lo llamó, con elegante ironía, "Cómo hablar de los libros que no hemos leído" (2007), un ensayo homónimo donde el autor argumentaba que hablar de un libro sin haberlo leído no es necesariamente una deshonestidad: es otra forma de relacionarse con él.
«Un libro es ante todo algo que existe en nuestra imaginación, y esa imagen tiene su propia coherencia, independientemente del texto real»
Pierre Bayard - "Cómo hablar de los libros que no se han leído" (2007)
El escritor francés Pierre Bayard (Le Journal du Dimanche)
Para Bayard, el libro no leído no es una laguna: es un territorio distinto. Los candidatos al trono son siempre los mismos. El "Ulises" (1920) de Joyce, que muchos inician en enero con resolución de año nuevo y abandonan en febrero con cierta vergüenza. El propio Joyce era consciente de lo que pedía al lector:
«He puesto tantos enigmas y puzzles en este libro que mantendrá a los profesores ocupados durante siglos discutiendo sobre lo que quise decir. Esa es la única forma de asegurarse la inmortalidad»
James Joyce (1882 - 1941)
Era una provocación. Pero también una advertencia.
Nuestro querido Quijote, cuyo título original rezaba "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" (1605)», que los españoles llevamos toda la vida citando — 'Con la Iglesia hemos topado, Sancho' — sin haber pasado de los primeros capítulos de manera sostenida. "Guerra y paz" (1867), con sus trescientos personajes y sus digresiones filosóficas sobre Napoleón. O "Finnegans Wake" (1939), el cual directamente nadie lee, ni siquiera los especialistas, aunque todos fingen entender de qué va.
Pero el fenómeno no es nuevo ni inocente.
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"Retrato de James Joyce" (1992) de Eduardo Arroyo (Taller del Prado)
En el siglo XVIII, tener libros era una señal de estatus. En el XIX, haberlos leído. En el XX, saber de qué iban. En el XXI, hemos llegado a una fase nueva y más sofisticada: basta con tener una opinión sobre ellos, aunque esa opinión venga de la contraportada, de una reseña o de una conversación escuchada a medias en un podcast.
No es hipocresía exactamente. Es algo más interesante: es la demostración de que los libros operan en dos planos simultáneos. Uno es el texto en sí, con sus páginas y sus frases y su esfuerzo lector. El otro es el libro como objeto cultural, como símbolo, como conversación. Y ese segundo plano tiene una vida completamente independiente del primero.
«Un texto no es una línea de palabras que produce un único sentido teológico, sino un espacio multidimensional en el que se mezclan y contrastan escrituras variadas»
Roland Barthes, La muerte del autor (1967)
El libro, en definitiva, siempre fue más grande que sus páginas. Cuando alguien dice que Kafka "le parece fascinante", puede estar diciendo la verdad aunque nunca haya abierto "El Proceso" (1925). Porque ha absorbido a Kafka de otra manera: por ósmosis cultural, por referencias acumuladas, por el adjetivo "kafkiano" que lleva décadas circulando en el idioma.
El propio Kafka, por cierto, dudó hasta el final de su vida acerca de la legitimidad de su obra: pidió a su amigo Max Brod que quemara sus manuscritos tras su muerte. Brod no lo hizo. Y gracias a esa desobediencia, hoy tenemos a un Kafka que tampoco nadie lee del todo, pero que todos sienten que conocen.
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Franz Kafka (derecha) junto a su amigo y albacea Max Brod (izquierda) en el balneario de Travemünde, Alemania, año 1914 (El Universal)
Hay algo más que merece ser dicho: los libros difíciles cumplen una función social que va más allá de su contenido. Son marcadores de aspiración. Decir que estás leyendo a Proust es decir algo sobre quién quieres ser, sobre qué tipo de vida intelectual te imaginas llevando.
«La verdadera vida, la vida finalmente descubierta e iluminada, la única vida plenamente vivida, es la literatura»
Marcel Proust, "En busca del tiempo perdido" (1913-1927)
Una frase que suena más bonita si uno no tiene que pelear con las siete mil páginas que la rodean. El abandono en el capítulo cuatro no cancela esa aspiración. La deja en suspenso, que es distinto.
Y quizás ahí está la clave. Los libros que nadie termina son los más ambiciosos, los más exigentes, los que piden más tiempo y más atención de los que la vida cotidiana suele permitir. No los abandonamos porque sean malos. Los abandonamos porque son grandes. Y esa grandeza, aunque no la hayamos atravesado entera, nos transforma de todas formas.
Al final, quizás Bayard tenía razón: la relación con un libro no empieza en la primera página ni termina en la última. Empieza mucho antes, cuando alguien nos habla de él con los ojos brillantes. Y no termina nunca, aunque lo dejemos en la mesilla de noche acumulando polvo con el marcapáginas clavado en la página 47.
Este marcapáginas es también una forma de promesa.
Y las promesas a los libros, aunque no se cumplan, dicen mucho de nosotros.

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