Por El Rapaz de Casasoá
Madrid, 14 de agosto de 2026

Interior del Aleatorio Bar, en Madrid (El Diario)
Cae la noche y amanece en la calle de Ruiz.
Escondido, una simple calle oscura de las muchas que llenan el espacio entre Bilbao y Noviciado, subiendo desde el dos de Mayo o bajando desde la calle Carranza. Lejos del ruido, de la deslumbrante luz que nos ata al vacío, un escaparate oscuro y sobrecargado de objetos inconexos marca el lugar, con un espejo en medio para que te midas antes de entrar, enfrentándote a quién eres en realidad.
En el interior no hay bellas líneas ni acabados en sus paredes, y ni una luz brillante puebla su techo. Es un lugar oscuro, estrecho, con el ambiente cargado en los días de mayor afluencia, pudiendo engañar al ojo inexperto, al necio cegado por la fútil vida moderna.
Cuando decides cruzar bajo esas letras torcidas y rosas, entras en el más bello de los campos de batalla, una fortaleza que protege al hombre de la lucha atávica contra sí mismo. Encierran sus estrechos espacios una guerra encarnizada, en la que cada semana tenaces e indómitos guerreros luchan incansables contra un enemigo invencible, sabiendo que solo hay victoria en la lucha misma y que solo por ello merece la pena alzarse, una y otra vez, y así seguir esgrimiendo esa pluma y levantando una voz cada día más quebrada.
Porque en esa lucha, cuando cubiertos de barro y sangre, heridos y desesperados, vemos que a nuestro lado nuestro compañero sigue luchando, es cuando sabemos, sin dudarlo, que ha merecido la pena cada caída, cada herida, cada gota derramada.
Es por eso que cada día que me encierro en ese “tugurio” encuentro las fuerzas para descubrir la belleza que en Madrid todavía queda, el sentir más puro, la pausa previa a que algo grandioso ocurra, el silencio emotivo que después subsiste, el ardor del amor y la calma plácida de la pasión, queda el éxtasis de la melancolía, la felicidad de las despedidas y la ternura más desmedida.
Y cada miércoles, cuando sus paredes me albergan, soy capaz de afirmar que queda en Madrid poesía. Allí volví a descubrirla, cuando la desesperanza ahogaba, su barra de madera me acogió para darme de beber su suave elixir.
En la noche oscura, sin luna
cuando las estrellas fallan
y la lumbre huye,
cuando está lejos el abrazo amigo
y olvidado el hermoso beso.
Cuando a tientas caminas
y las sonrisas fracturadas
te embisten y te tambaleas
en la soledad humana
de esta sociedad vacía.
Recuerda, hermano,
aún,
hay poesía.
Exterior del Aleatorio Bar (El País)

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