Por José Manuel Azorín
Alicante, 10 de septiembre de 2026

Fotograma de la película "Joker" (2019) de Todd Phillips (Gizmodo)
¿Por qué algunos de los personajes más recordados de la literatura y el cine son precisamente aquellos que nunca querríamos encontrar en la vida real?
Es una pregunta que me acompaña desde hace años. Más de una vez he terminado una novela o una película pensando menos en el héroe que en el antagonista. En sus motivos. En sus decisiones. Incluso en por qué, en determinados momentos, he llegado a comprenderlo.
En muchas historias el héroe reacciona. Actúa cuando alguien necesita ser salvado o cuando el mundo que conoce está en peligro. El villano, en cambio, suele ser quien pone la historia en marcha. Tiene un plan, una ambición y una voluntad que altera el equilibrio de los demás.
No espera a que ocurran las cosas: las provoca.
Y quizá ahí resida una parte de su atractivo. Los grandes villanos rara vez hacen el mal porque sí. Sus motivaciones suelen ser profundamente humanas. La venganza, la envidia, el miedo, el orgullo o la necesidad de reconocimiento son emociones que todos conocemos, aunque la mayoría jamás las llevaríamos hasta sus últimas consecuencias.
Es un hecho también que sin villano no existirá historia. A Batman se le oxidaría el batmóvil, es muy probable que Capitán América vendiera el escudo, y que Spiderman estuviera encerrado eternamente en un laboratorio. El antagonista es quien obliga al héroe a cambiar, a crecer y a actuar. Sin esa fuerza de oposición, muchas historias simplemente no existirían.
Carl Jung sostenía que todos poseemos una 'sombra': una parte de nuestra personalidad formada por deseos, impulsos y emociones que preferimos no reconocer. Quizá por eso algunos villanos nos fascinan tanto. No porque queramos parecernos a ellos, sino porque representan aspectos de la condición humana que también existen, en menor medida, dentro de nosotros.
Fotografía del psiquiatra y ensayista suizo Carl Jung (Canal CEO)
El “espacio seguro”
La distancia que existe entre la realidad y unas páginas nos hacen medir nuestros impulsos oscuros de forma controlada. Sabemos que no es real, que no existe peligro físico, sino algo más intelectual.
En la vida real, el instinto de supervivencia anula cualquier curiosidad intelectual. La presencia física de, por ejemplo, Hannibal Lecter, activaría nuestro sistema nervioso de amenaza: el miedo al dolor, a la muerte y a la imprevisibilidad de un depredador clínico nos haría huir de inmediato. El "espacio seguro" se rompe cuando el monstruo deja de ser un símbolo y se convierte en un peligro real.
Quizá por eso disfrutamos tanto de los villanos. Porque nos permiten mirar durante un instante a ese lado oscuro que todos poseemos sin correr ningún riesgo. Cerramos el libro, se encienden las luces del cine y regresamos a nuestra vida. Ellos permanecen en la ficción. Nosotros volvemos a casa con una pregunta incómoda: "¿qué parte de ese villano también vive en nosotros?"
Fotograma de "El Dragón Rojo" (1981) en el que aparece el legendario personaje interpretado por Anthony Hopkins, Hannibal Lecter (Reddit)

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