Por José Luis Manzano B.
Lloret de Mar, 25 de septiembre de 2026

Hay hombres que nacen panaderos; otros albañiles. Yo estaba convencido de que moriría siendo afilador.
Qué equivocación: el oficio agoniza; yo no.
Al borde de la jubilación, que remolonea en lontananza, me encuentro montando un tenderete de productos artesanos en un mercadillo de pueblo.
A primera hora de la mañana estiro el mantel sobre la tabla alargada, acomodo las cuñas de queso curado y distribuyo los tarros de miel y mermeladas. A guisa de tic ingobernable, termino dejando la piedra de afilar de bolsillo en una esquina del puesto. En verdad, me las veo y me las deseo para que el toldo no le caiga encima a mi vecino cantarín, el churrero. En el otro costado, una florista que es la alegría de la huerta.
Enfrente, con el asfalto de por medio y a modo de espejo deformante, se instala un frutero huraño y más bien parco, quien muta en showman de baratillo en cuanto alguien duda qué sandía elegir. Golpeando cortezas con el canto de la mano, promete dulzura con aplomo:
— ¡Tengo las mejores sandías a cien kilómetros a la redonda! Y conste que lo digo con conocimiento de causa, que las he catado todas. ¡Pero fíense mejor de su paladar!
Aunque con esos pregones sonrío, la cruda realidad es que, después de mes y medio llevando las riendas de este tenderete, no hay manera de amoldarse, oye.
Yo pensaba que cambiar la rueda de afilar por productos artesanos sería pan comido. Al fin y al cabo, en ambos oficios dependes de caerle bien a la clientela. Madrugas la tira, cargas una pila de bártulos y las muñecas te crujen al acabar el día.
Pero ahí terminan las semejanzas.
Antes recorría las calles entre chiflidos, como el flautista de Hamelin. Al son de la dichosa cantinela, se abrían ventanas y salían vecinos con cuchillos envueltos en un trapo, un manojo de navajas o un par de tijeras oxidadas. De repetirse los encargos, acababas haciendo tantas migas que en muchos hogares te movías como Pedro por su casa.
"El flautista de Hamelin" o 'Der Rattenfanger von Hamelin' (1806), obra del artista alemán Adam Weise (Meisterdrucke)
Cómo lo echo de menos. Aquella liturgia acabó valiendo más que cualquier sueldo decente. En este puestecillo la cosa tampoco es boyante, pero lo que llevo peor es la espera. Ves pasar riadas de almas rácanas o dadivosas y rezas para que aflojen el paso. La mayoría se detiene a curiosear; apenas una minoría se rasca el bolsillo.
— ¡Queso añejo con aroma fetén! — me desgañito —. ¡Pruébenlo, que el olfato no engaña!
Temo que alguien me señale los sobacos después de semejante proclama, pero nadie se pone a olisquear, por suerte.
Cuando por fin un señor de pelo blanco con bastón pica, me entra el arrebato de mercader seminovato.
— ¡Muy buenos días! Pase y pruebe sin compromiso este queso de oveja. ¡Es una delicatessen! ¡Una exquisitez!
— Soy alérgico a los lácteos —responde golpeando el asfalto.
— En tal caso, le aconsejo la mermelada de frambuesa; está a mitad de precio. ¡Ofertón que caduca en menos de lo que canta un gallo!
— Tengo el azúcar por las nubes…
— ¡Pues regáleselo a un ser querido! ¡Usted queda como un rey si se planta en una comida familiar con semejantes obsequios!
Pero el señor de pelo blanco refunfuña meneando la cabeza. Quizás debería olvidarme de aquel mantra con el que machacaban en el cursillo de reciclaje del paro —marketing corporativo o algo por el estilo; una tomadura de pelo, vaya—:
«Olvida el producto. Véndeles una experiencia única, inolvidable. Véndeles un motivo para volver.»
O al menos no ha funcionado con este señor, quien enumera un interminable catálogo de dolencias, quizás confundiéndome con su médico de familia. Me pone la cabeza como un bombo, pero asiento y finjo archivar notas mentales para que no se le ocurra ajusticiarme el tenderete a bastonazo limpio.
El frutero, que ha seguido la escena palpando melones, me concede un gesto paciente. Mientras le devuelvo la venia de cortesía, me pongo a frotar la piedra de afilar, ahora metida en el ancho bolsillo de mis bermudas.
Aún debería agradecer que la siguiente clienta aparezca a los pocos minutos. O quizá no. La señora, con gafas de pasta y semblante de beata, abandera la conciencia verde.
"¿La miel tiene certificado ecológico?"
— Las abejas no me enseñaron el carné, pero juraría que han crecido en un panal de categoría. ¡Mi proveedor es un apicultor de primera división!
La señora con gafas coge un tarro de miel, lo soba y lo mira al trasluz. Busca con ahínco la etiqueta de marras. Parece recién salida de una ponencia agroalimentaria.
— ¡No está homologado ecológicamente! ¡Incumple todos los estándares medioambientales!
— ¿Acaso es inspectora del gobierno? El sabor de esta miel de romero quita el sentío, señora. Llévese también la de azahar. Ya verá que…
— ¡No pienso comprarle nada! — me corta, con ademán furioso —. Es más, deberían prohibirle vender productos que incumplen la normativa ecosostenible.
— Le recomiendo ir a una tienda ecológica y adquirir la miel que cumpla sus requisitos, entonces.
— No ha nacido el hombre que me diga lo que tengo que hacer. ¡Hasta ahí podríamos llegar!
Y se larga echando pestes. En serio, prefería a los que venían con un cuchillo mellado y necesidades concretas, sin rarezas. Por estos lares, te topas con gentecilla con una lista de exigencias que ni la reina de Inglaterra, oye.
Puesto de un mercadillo gastronómico en Málaga, España (El Español)
La florista, graduada en el noble arte de despuntar claveles mientras sonríe a los paseantes, espeta:
— Ni caso a esas monsergas. Como se me amohínen los claveles, le canto las cuarenta.
Los contemplo un momento y me limito a encogerme de hombros. Y la mañana va pasando mientras despacho a clientes de todo pelaje y espanto a merodeadores con aviesas intenciones.
A pesar de que el toldo nos protege del sol abrasador, mantengo a salvo los quesos más apetecibles en neveras portátiles. Sobre la tabla, permanecen tres cuñas de muestra: trufa, pimentón y cabrales.
Cuando se aproxima un forastero con camisa hawaiana y chanclas con calcetines — la combinación estrella del verano, al parecer — peina el tenderete con la mirada, husmeando el aire.
"¿Tiene gazpacho o salmorejo?"
— Lo siento, caballero, pero mis productos estrella van por otros derroteros. Ahora bien, tengo una mermelada de tomate que, echándole un poco de imaginación, se acerca a la idea de gazpacho.
— No, gracias. — Se le plasma una mueca de asco, quizás también por el tufo de las cuñas —. Los inventos de la señorita Pepis se los endosa a otro incauto.
Me callo unos segundos, recordando la máxima que me ha inculcado el churrero en sus ratos libres o soportando chapas.
— Pues no se hable más. El cliente siempre tiene razón. Sobre todo cuando pasa por caja…
— ¿Y si no pasa?
— También.
El forastero me dedica un gesto malhumorado y se las pira que da gusto.
El churrero, que no se ha perdido ni jota aunque dé paletadas, aplaude mi guiño gremial. Ante la freidora, sigue canturreando:
«Que la vida se nos va con un sorbito de aguarrás»
Ni siquiera sus hilarantes letras me alegran una miaja. Qué fastidio.
En mi época de afilador, no había que andar camelando al personal; con la faena bien hecha, el boca a oreja te granjeaba clientela fija por los restos de los restos, amén.
El mercadillo es otra liga. Primero tienes que ganarte la confianza para vender el género. Y eso cuesta un riñón, aunque hay excepciones.
Por ejemplo, la anciana desdentada que lagrimea del ojo izquierdo. Se lleva dos tarros de miel y medio queso de cabra, al tiempo que le da a la sinhueso. Habla del escozor en las ingles por el infame bochorno, de la última neumonía que casi se la lleva al otro barrio, de los nietos que cuida a veces y que son un primor...
Charlas que dejan poso. Qué curioso.
Tras escucharla sin meter baza, me pongo a juguetear con la piedra del afilador. Lo hago a menudo, en tiempos muertos, cuando me atraviesan zarpazos de añoranza. En el anterior oficio rebullías de continuo y acababas sabiendo lo que se cocía por el barrio. Conocías quién había enviudado, quién renqueaba de salud, quién tenía un hijo en Alemania buscando prosperar, pero pasando las de Caín en realidad.
Con el tiempo acabas perdiéndoles la pista a todos.
Entre un niño que tira de la falda de su madre reclamando chucherías y una caja de melocotones que se desparrama sobre el asfalto, salgo de mis cavilaciones. Y varios chistidos delante del puesto me devuelven al tajo. Se trata de un tipo con bigote recortado y vientre abultado.
— Me llevo dos cuñas de queso, tres tarros de miel y cuatro de mermelada de albaricoque.
— Buena elección, caballero. —Me agacho para rescatar las cuñas de la nevera oculta y las deposito junto al resto—. ¡Gustazo de campeonato!
— ¿Cuánto le debo?
Le digo el precio mientras meto los productos en la bolsa. Por fin un cliente directo al grano y con ganas de apoquinar. Sin embargo, buscando dinero en su cartera, el tipo frunce el ceño y agita la cabeza.
— Pelín caro, ¿no?
— Ya le estoy haciendo un descuento del 20%.
— ¿Sobre el total o en cada producto?
— Sobre el total —le aclaro.
— Pues hágalo con cada producto, que para eso somos amigos…
El tipo estira la mano callosa con desparpajo. Con rictus avinagrado, me niego a darle la bolsa sin que suelte la pasta.
— Primero, no somos amigos. Segundo, a mis amigos también les haría un descuento sobre el total.
— Es duro de mollera usted, ¿eh?
— Duro de mollera, pero flexible en las ventas. ¿No ve que le estoy ofreciendo riquísimos víveres a precio de saldo?
En pleno regateo, atisbo a un jovenzuelo —camiseta de tirantes, vaqueros cortados y gorra ladeada— que zigzaguea entre el gentío. No le doy importancia hasta que coge dos tarros de miel, a modo de mancuernas, y se aleja con andares raperos. Tardo un instante en comprender que me los ha sisado en mi jeta.
— ¡Eh, marmolillo! ¡Te olvidas de pasar por caja!
Vuelve un pelín la cabeza y acelera el paso.
Con un cabreo de mil demonios, pego un brinco sobre el tenderete. Las rodillas protestan, pero me sobra resuello para perseguir rateros. Como un acto reflejo, saco la piedra de afilar del bolsillo, la alzo y recurro a mi grito de guerra de antaño:
"¡AAAFIIILAAAADOOOR!"
Quienes regentan los puestos vecinos giran la cabeza en el acto. El frutero aparta el melón de la báscula. La florista deja caer el ramo a medio atar. Y el churrero, la espumadera en la freidora. Los tres abandonan sus puestos en una sincronía inesperada. Quizás echando mano de un protocolo gremial antirrobos, convergen y se desplazan al alimón. Eso descoloca al marmolillo, que avanza vacilante un paso y recula dos. Seguro que la mollera no le da para evaluar salidas de emergencia. Su desconcierto se acentúa cuando un muro de curiosos, salivando, se cierne sobre él con ganas de correrlo a gorrazos.
Menudo cirio.
El frutero es el primero en echarle el guante. El marmolillo se revuelve para soltarse del brazo, forcejeando un puñado de segundos, tiempo suficiente para que la florista le cierre el paso con un caderazo. Entonces el churrero aprovecha el envite para ponerle la zancadilla, maniobra digna de un defensor leñero.
Al salir despedido, da con los morros en el suelo. Los dos tarros de miel ruedan unos metros, intactos de milagro.
Lo rodean entre los tres. No tiene escapatoria, pero tampoco se ceban con él: un par de collejas, algún amago de torta y lo dejan marchar con las orejas coloradas; no sin antes oír al churrero, que se descuelga con una burlesca rima:
«Bandolero, bandolero, te hemos cogío con las manos en el puchero y las patas en el caldero»
Tras recoger la miel, el churrero me devuelve los tarros y me da una palmada en la espalda.
— Enhorabuena, compadre. En estos puestecillos, si ese pobre diablo no te intenta birlar algo, no eres nadie…
— ¿Y eso qué significa?
— Que, como mandan los cánones, ya formas parte del club del mercadillo ambulante —remata el churrero, que enseguida blande la espumadera a guisa de raqueta.
El trajín nos pisa los talones. Urge vender mercancía y olvidarse de follones. Vaya por Dios. ¿Quién me iba a decir que terminaría sintiéndome uno más de la grey gracias a un chorizo de tres al cuarto?
Mañana, en el mismo puesto pero en otro pueblo, igual dejo más despejada la tabla alargada.
Mercado artesano y ecológico de Gijón, España (miGijón)

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