Por Laia Enseñat Nieto
Barcelona, 30 de septiembre de 2026

Vivimos en una época en la que todo queda inevitablemente grabado y resguardado en el entorno digital. No nos es ajeno buscar permanecer en la memoria colectiva y dejar constancia de nuestro paso por el mundo. Así, cada uno de nosotros materializa de diferente forma el sentido de la trascendencia. No obstante, ¿cómo lograba uno trascender en el pasado, antes de la era de internet?
Además de sus escritos, la pintora y escultora surrealista Leonora Carrington (1917 - 2011) nos dejó varios cuadros maravillosos en su haber. Nacida en el seno de una familia acomodada, la joven Leonora, en su afán por marcar su propio camino, se enfrentó a ellos, lo que le llevó a convertirse a sus ojos en una vergüenza para la familia y a ser repudiada por su propio padre. Esto no la detuvo: con apenas 19 años, en el año 1937, emprendió un viaje a París en busca de su destino. Allí encontraría su amor por el artista alemán nacionalizado francés Max Ernst (1891 - 1976) — quien por aquel entonces tenía 45 años —, así como por el mundo del arte de ese momento.
Su período en París fue muy enriquecedor para su inminente carrera artística, llegando a conocer a otros grandes referentes de la época como Joan Miró (1893 - 1983) o Pablo Picasso (1881 - 1873) entre otros. Pese a la importancia artística de esta etapa en su obra, su relación con Ernst fue cuanto menos tormentosa durante ese mismo periodo: a la diferencia de edad se le sumó la dependencia emocional entre ambos; el hecho de que él ya estaba casado con otra mujer por entonces; así como la persecución tanto por el ejército francés como por la Gestapo durante el periodo previo al inicio de la Segunda Guerra Mundial. A Ernst se le consideraba un "enemigo extranjero" por parte de las autoridades francesas por portar el pasaporte alemán, mientras que la Alemania nazi tenía a este en su punto de mira por lo que consideraban como 'arte degenerado' (Entartete Kunst).
Cuando Ernst fue capturado y enviado a un campo de concentración en Les Milles, Francia, Carrington se vio obligada a huir a una España que en nada ayudó a su ya frágil estabilidad psicológica. El estrés y el miedo acrecentaron sus crisis nerviosas — sumado a un caso de violación grupal sufrida por la artista en Madrid — hecho que fue aprovechado por su padre para poder internarla en un hospital psiquiátrico en Santander, con el fin de alejarla de la vida bohemia y convertirla en alguien que se adaptase al decoro bienestante de la época.
Fotografía de los artistas y amantes, Max Ernst y Leonora Carrington, por la fotógrafa estadounidense Lee Miller en Saint-Martin-d'Ardèche, Francia, año 1939 (El Correo)
Al contrario de lo que pudo ser y no fue, Carrington consiguió salir adelante y obtener una mayor comprensión de sí misma. Tras su paso por el hospital psiquiátrico en Santander, huyó a Lisboa, desde donde consiguió asilo en la embajada mexicana para embarcarse hacia México, antes de que su familia consiguiera internarla de nuevo.
Pese a conseguir su propósito de escapar de España, el estigma de “loca” quedaría irremediablemente grabado sobre su figura. Para devolver la mirada a aquellos que la habían tachado de inestable, Carrington se volcó de lleno en la pintura y en hacer suya su propia versión del surrealismo.
De entre la gran variedad de cuadros que pintó en vida, se podría destacar uno entre su colección: "Autorretrato" (1937 - 1938). Esta obra, también conocida como "La posada del caballo del alba", muestra a la autora sentada en una habitación, bajo la apariencia que, desde sus ojos, la opinión pública de la época tuvo de ella. La artista aparece retratada como un ser real, pese a que en el cuadro se produzca — mediante la inclusión de la figura del caballo y otros elementos — un extraño vínculo entre lo imaginario y la realidad. También de este período serían conocidos sus escritos en los que la autora daría voz y testimonio a los padecimientos que esta habría experimentado durante su estancia en el hospital psiquiátrico en España.
Todo ello constituye, en su conjunto, un trabajo autobiográfico total y, a su vez, una contestación a todas aquellas personas — entre las que se encontraba su padre — que trataron de menoscabar su valía en vida.
"Autorretrato" (1937-1938), pintura de la artista surrealista británica Leonora Carrington (The Metropolitan Art Museum)
Tal y como podemos interpretar del caso de la artista, la necesidad de sentirnos representados y de vernos retratados es algo humano. Constituye una forma más de conocernos y de entendernos a nosotros mismos. La obra de Carrington no fue una excepción.
Detengámonos también en la trayectoria de la también artista, la pintora francesa Suzanne Valadon (1865 - 1938). Valadon, nacida Marie-Clémentine Valadon, no solo se retrató de forma fidedigna en vida — tal y como puede observarse en algún archivo fotográfico de la época —, sino que lo hizo en numerosas ocasiones mostrando los diferentes cambios físicos ocurridos en su rostro, facciones y gestos que tuvieron lugar a lo largo de su vida.
"Autorretrato" (1883) de Valadon junto a una fotografía de la artista en su juventud, tomada dos años más tarde (Obra del autor)
Ambas son solo dos ejemplos de mujeres que no solo se enfrentaron al espejo, sino que osaron retratarse mostrándose tal cual eran ante la sociedad de su época. Pese a haber vivido en épocas distintas — Valadon nació en 1865 y Carrington vivió desde comienzos del siglo XX hasta el año 2011 —, los cánones de belleza femeninos cambiaron más bien poco de un período a otro, en cuanto subsistieron las consignas que exigían a la mujer mostrarse siempre como una figura sofisticada, elegante y femenina.
Cada una a su manera, ambas artistas desafiaron las convenciones y cánones de su tiempo, reivindicando para ello su propia identidad y libertad artística. Ambas mostraron su rostro y su edad sin tapujos, haciendo honor al efecto del paso del tiempo en sus propias carnes. A través de la continuidad de sus cuadros, ambas pintoras mostraron cómo se sentían en cada momento con el transcurso de los años, con sus inseguridades y sus miedos, sin velarlos.
A un lado (izqda.), "Autorretrato en el espejo" (1927), obra de Suzanne Valadon. Al otro, "Autorretrato con corbata ortopédica negra" (1973), obra de Carrington (Obra del autor)
Esto no implica, sin embargo, que no pueda haber engaño a través de la pintura: el artista podía modificar la imagen de los retratados a su gusto, ya fuese por petición expresa de sus clientes o por la necesidad de crear figuras de belleza inalcanzable. Las exigencias estéticas y norma de recato también debían aplicarse al modo en que se pintaba el cuerpo de las modelos. Es el caso, por ejemplo, de la obra "Madame X" (1884) de John Singer Sargent.
La obra, un retrato de la joven Amélie Gautreau, bella dama de la Belle Époque parisina, causó un gran escándalo tras la exhibición del mismo en el Salón de París en 1884. En su versión original, la pintura mostraba cómo uno de los tirantes de la modelo caía seductoramente por su hombro, lo que obligó al artista estadounidense a pintarlo de nuevo, acorde con el decoro y las convenciones sociales de la época. La conmoción que ocasionó dicha obra provocó el ostracismo social de la modelo, junto al exilio forzoso de Sargent a Londres hasta su muerte en 1925.
A la izquierda, retrato de "Madame X" (1884), por John Singer Sargent. A la derecha, recreación digital de cómo luciría la pintura original (Obra del editor)
Sin embargo, es también un hecho que, junto con la tendencia de los retratos de belleza regia — predominantes sobre todo durante el siglo XIX — también podamos encontrar cuadros dentro de la denominada tradición Vanitas propias del siglo XVII: un género pictórico nacido en el Barroco en el que se evocaba, por medio de calaveras y otros elementos propios de las naturalezas muertas, la fragilidad de nuestra existencia. Estas pinturas servían como recordatorio de que los atributos terrenales como la juventud y la belleza son efímeros, aunque nos empeñemos en creer lo contrario.
A la izquierda, "Mujer sentada ante una mesa de objetos preciosos" (ca. 1618) de la artista barroca flamenca Clara Peeters. A la derecha, "Alegoría de las vanidades de la vida humana" (1640) del pintor neerlandés Harmen Steenwijck (Obra del editor)
En nuestros días, el modo en cómo nos mostramos frente a los demás nos puede recordar un poco a esas modificaciones que los artistas hacían de los retratos de sus clientes o modelos. En las redes sociales aparecemos tras filtros que nos embellecen y rejuvenecen. No solo eso, sino que aparecemos disfrazados de aquellas narrativas que deseamos proyectar y que encajan con el ideal que queremos o pretendemos mostrar. El paso del tiempo se ve de forma fugaz, mostrado ligeramente como la luz que se escurre a través de una rendija.
He aquí la cuestión, por tanto: ¿cómo narrar nuestra historia cuando es tan fácil editarla y corregirla? Si resulta tan fácil crear una ilusión para los demás, es complejo establecer, a posteriori, la línea que delimite la ficción de la realidad. Esta frontera entre lo ficticio y lo real se muestra todavía más difusa teniendo en cuenta lo difícil e incluso incoherente que resulta responder a ciertos cánones estéticos actuales, como son la extrema delgadez o verse bajo la presión de mostrarse eternamente joven, entre otros muchos elementos proyectados en medios y redes sociales.
Las imágenes y fotografías que subimos a nuestras redes, una vez son publicadas, residen en lo que podríamos llamar un mar digital, el cual se mantiene, de forma indefinida, imperecedero. A veces son esos elementos artificialmente alterados los que nos muestran a los demás. En ocasiones, incluso, constituyen la ventana a través de la cual la gente nos puede conocer. Como si se tratase de una cruel burla, los días y los hechos ya no pasan por nosotros, sino que nosotros pasamos por ellos.
Frente a la valentía y serenidad de autores anteriores que se decidieron a mostrar la realidad tal y como es, ¿cuántos de nosotros podríamos decir lo mismo? Muchos nos hemos quitado el miedo de ser juzgados con mayor o menor porcentaje de éxito pero, ¿siempre hemos revelado nuestra apariencia real?
Quien sea inocente que arroje la primera piedra; no nos hemos cuestionado el uso que hacemos de los filtros digitales, la IA y de los relatos que creamos y proyectamos sobre nuestra persona. Todo con un objetivo que a veces aparece escondido muy adentro de nosotros: no mostrarnos tal y como somos, con nuestras vulnerabilidades y defectos.
Llegados pues a este punto, la pregunta que queda suspendida en el aire y que surge al enfrentarse a nuestra propia realidad puede materializarse en unas pocas palabras: y tú, ¿cómo quieres mostrarte?

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