Por Fernando J. Palacios

IV
Los lectores son seres solitarios. Leer, como soñar o como tratar de recordar un sueño, tan sólo puede hacerse bien a solas. Y en ese retiro hacia uno mismo, en esa intimidad, en esa silenciosa soledad de río de la lectura, la vida se disocia y los libros renacen. Los libros son todas las vidas de sus lectores y como cada lectura es única, ningún libro vuelve a repetirse. Decimos que hemos leído tal o cual libro, pero él ha renacido con nosotros para volver a casi morir cuando dejamos de leerlo y comenzamos a recordarlo, a rememorarlo (a rememorirlo, los buenos lectores comprenderán el neologismo). Releer con el paso de los años es una decepción o un deleite, no hay término medio. La destrucción o el amor, como tituló Aleixandre. Decía Bécquer, o eso quiero recordar, que el recuerdo que deja un libro es tan importante como el propio libro en sí. Sé lo que quiere decir y, al mismo tiempo, es imposible de entender del todo.
He escrito todo lo anterior porque he estado reordenando estantes y me ha venido a la memoria Mendel el de los libros ('Buchmendel'), el personaje de Stefan Zweig. Siempre ha sido de mis relatos favoritos de Zweig, por lo extraño, por lo breve, por lo alegórico. Un hombre fuera de lugar, un hombre fuera de su tiempo, absorbido por el conocimiento absoluto de los catálogos de libros, cuya existencia es sospechosa en un mundo de fronteras roturadas con sangre. Mendel reclama sus suscripciones de París o de Londres, sin saber lo que ocurre en París o Londres. La verdadera paz, la verdadera democracia, consiste en proteger a los Mendel del mundo para que sigan a lo suyo, en su sillón esquinado, en su aparente inutilidad, en su infinito don.
Quién nos recordará, pienso mientras ruge el mar de fondo y escribo estas líneas; para Mendel bastó sólo aquella señora de la limpieza del café Gluck de Viena. Ese pequeño rastro, nos cuenta Zweig, es un hilo del que tirar. Al menos él, pareciera decirnos su breve historia, dejó un pequeño rastro en un corazón de este mundo que terminó encontrándonos a través del narrador.
La literatura, como Viena, es infinita. Yo la imagino incluso frente al mar, de noche bajo el enloquecido embate de las olas, como si la pudiera ver desde un abrupto acantilado, como si fuera una metáfora de Joseph Roth o de Altenberg. Hay ciudades, como libros, que viven dentro de nosotros. Kavafis lo expresó mejor que nadie.
Bastian Herbst
"Heracles luchando contra Anteo" (1729), escultura del artista italiano Lorenzo Mattielli en el palacio de Hofburg, Viena (Pexels)

Añadir comentario
Comentarios